jueves, 31 de mayo de 2012

El difícil mundo del “planificador no central”

A principios de siglo XX tuvo lugar una de las más antológicas (y ontológicas) de las discusiones en el pensamiento económico contemporáneo, el llamado “debate sobre el cálculo socialista”. La causa del debate era la pregunta acerca de cómo podrían los recientemente fundados países socialistas organizar sus economías sobre las bases de un sistema político y social sin propiedad privada, sin mercados, y por lo tanto sin precios.

La respuesta de un grupo de economistas encabezados por Oscar Lange y Abba Lerner fue que era posible, a través de un organismo estatal de planificación central, organizar la actividad económica en los países socialistas con el mismo nivel de eficiencia que lo haría una economía capitalista que funcionara a la perfección (entendiendo perfección como una “economía de competencia perfecta”, que es la meca de todos los economistas desde Adam Smith en adelante). Por el contrario, el otro grupo de economistas que participaron del debate, liderado por Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, afirmaron la imposibilidad de cualquier intento de planificación central de una economía que quisiera tener éxito, por la razón esencial de que es inviable contar con la información suficiente para hacerlo, ya que el conocimiento está “socialmente distribuido” y la mejor forma que tiene una sociedad de transmitirlo para tomar decisiones es a través de un sistema descentralizado, como el sistema de precios de mercado, funcionando con la menor intervención estatal posible.

Aunque creo que en ambos lados hay ideas muy interesantes, está claro que son argumentos extremos. Para los primeros, una sociedad puede ser perfectamente planificada por una elite de gobernantes benévolos al mando de una supercomputadora que resuelva las ecuaciones de una dinámica socioeconómica óptima; para los segundos, el mejor gobierno es el menor gobierno y la mejor computadora es el mercado. Para unos, el futuro puede ser diseñado y construido, para otros, es completamente inaccesible a la voluntad política. El planificador central es, para los socialistas, la encarnación del progreso y el iluminismo, y para los liberales, la del despotismo y la tiranía.

Sin embargo, y sin entrar en el debate de la filosofía política del liberalismo y el socialismo, tanto en la primera visión como en la segunda se sobredimensiona la figura de este planificador central, porque ambas creen que el planificador (para bien o para mal) tiene el poder para accionar sus planes. En realidad, las posibilidades del planificador son mucho más modestas. En todo caso habría que hablar de un “planificador no central”, un planificador inmerso en una arena política donde es sólo uno más entre muchos actores, un planificador que para nada controla todas las palancas de la maquínica biopolítica que intenta gobernar. El “planificador no central”, por más benévolo que sea, desconoce la verdad, ensaya, se equivoca, interpreta, aprende, y a veces juega a los dados. Pero es el planificador real, el planificador humano.

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