viernes, 3 de febrero de 2012

Comercio y Prosperidad: ¿orden natural u orden político?

Los debates sobre comercio internacional y prosperidad económica son tan viejos como la economía política misma; incluso podemos decir que la economía como disciplina intelectual nació a raíz de estos debates.

La teoría clásica del comercio, construida por Richard Cantillon, Adam Smith y Jean Baptiste Say y que David Ricardo sistematizara en el capítulo VII de sus influyentes Principios de Economía Política y Tributación, sostiene que los países deben especializarse en aquellos sectores en los que la Naturaleza les dio una ventaja comparativa respecto al resto de los países. De esta forma, es “natural” y por tanto conveniente, que un país como Portugal se especialice en la producción de vinos y un país como Inglaterra en la producción de textiles, dado que así se expresan mejor para ambos sus capacidades productivas, aumentando su bienestar y prosperidad. Que Portugal produjera y exportara vinos e Inglaterra paños quedó entonces reconocido en el conocimiento económico de sentido común como una manifestación de las ventajas del comercio y del orden natural de las cosas.

Sin embargo, lo que Ricardo olvida decirnos en sus Principios es que si a comienzos del siglo XIX Portugal exportaba vinos e Inglaterra paños se debía antes que a sus ventajas comparativas, a un tratado de comercio que ambas naciones firmaron en 1703, llamado el Tratado de Methuen (en honor al diplomático inglés John Methuen quien lideró las negociaciones por parte de Inglaterra), que estipulada en sólo tres breves artículos que “S. R. M. de Portugal promete en nombre suyo y en el de sus sucesores, admitir por siempre jamás en el Reino de Portugal los paños y demás manufacturas de lana de fábrica de la Gran Bretaña” y que “S. R. M. Británica, tanto en su nombre como en el de sus sucesores, ha de quedar obligada por siempre jamás a admitir en los dominios de la Gran Bretaña los vinos de Portugal”.

Las razones que motivaron el Tratado de Methuen, considerado “una pieza maestra de la política comercial de Gran Bretaña”, no estaban en el reconocimiento de las ventajas de un orden natural del comercio, sino en el intento de apoderarse del excedente de oro que Portugal recibía de Brasil y emprender una embestida geopolítica contra España y Francia. También ocasionó que más de un siglo después, cuando Ricardo escribía sus Principios, no existiera en Portugal otra industria que la del vino, y que esto pareciera el natural resultado de sus ventajas comparativas, sirviendo de modelo retórico para explicar su teoría del comercio y la división internacional del trabajo.

Más allá del debate sobre los sistemas de comercio y la prosperidad económica, en un mundo postglobalizado se hace necesario el reconocimiento explícito de que las “fuerzas económicas” esconden un detrás-de-escena caracterizado por intentos de imponer órdenes políticos, redistribuciones de ingresos y de la balanza de poder, y conflictos de protagonismos. Los clásicos decían que de estas aparentes contradicciones surgía un orden espontáneo, y este es el núcleo intelectual que organiza la corriente principal del pensamiento económico actual casi de forma axiomática.

Una política comercial es mucho más que una política comercial. Puede aceptar o desafiar un determinado reparto del poder, una manera de crear empleo y tecnología, una estrategia de posicionamiento en el mundo y un destino de país.