lunes, 26 de noviembre de 2012



"Der Reichtum der Gesellschaften, in welchen kapitalistische Produktionsweise herrscht, erscheint als eine ungeheure Warensammlung"

jueves, 5 de julio de 2012

ECONOMÍA POLITICA DE LA TERRITORIALIDAD


Cuando los Estados Unidos invadieron Irak en marzo de 2003, en nombre de la Democracia y la Libertad de Occidente, revelaron en realidad que el territorio comenzaría a ser un espacio de conflicto. El petróleo no es de quien vive sobre él, sino de quien lo necesita, y quien lo necesita es el Mercado. Todo aquel que interfiera con el Mercado puede ser demandado y desposeído. Todo aquel que interfiera con la Democracia Occidental, puede ser encarcelado o invadido.

Esta Democracia Occidental (el “Imperio” según Hardt y Negri) es la expresión de algunas pocas naciones poderosas, articuladas sobre un ideario y un interés comunes, sobre muchas otras que no lo son (que no lo supieron ser, que no lo pudieron ser a tiempo), y que han sido y deben seguir siendo desarticuladas. Para el Imperio, los estados-nación que no son el Imperio, son peligrosos. Conviene que no haya ni estados ni naciones. Conviene que haya Una Democracia, Una Nación, Un Mercado, Un Mundo. Cuando la Libertad y la Democracia imperen en todo el Mundo, no habrá más guerras entre estados corruptos y naciones bárbaras, se promoverá el bienestar general, la prosperidad y la felicidad de la población. No habrá más conflictos por los territorios, porque ya no habrá territorios, sino Un Territorio común a todos los Ciudadanos del Mundo; que habrá sido apropiado, legalizado y normado por los principios y valores de la Democracia, y que todas las Corporaciones del Mundo podrán comercializar en el Mercado; pudiéndose incluso demostrar en pocas ecuaciones que esto es lo mejor y más eficiente para el Medio Ambiente y toda la Naturaleza.

Paradójicamente o no, justo cuando parecía más verdadero, más obvio, más indiscutible que nunca, el clímax del largo ciclo histórico englobador que comenzó con la modernidad europea y su expansión colonial, está siendo contenido por la oposición, desde fuera de las fronteras, de otros territorios, otras poblaciones, y otras voluntades.

El resurgimiento de los Estados-Nación exteriores al Imperio está implicando ahora mismo una resignificación de la idea de territorio. Los territorios recobran, para los Estados-Nación, su valor estratégico y simbólico. Se pone en juego una nueva economía política de la territorialidad a nivel global, caracterizada por un despertar de la nacionalidad territorial y de la búsqueda del control y la regulación económica por parte de los Estados-Nación de sus espacios físicos de soberanía.

Las conflictividades post-imperiales que nos esperan parecen bien inciertas, pero la irreversibilidad del proceso que se inició, no.

sábado, 9 de junio de 2012

El debate sobre las crisis de subconsumo en el pensamiento economico


Cuando un país está aumentando su riqueza con cierta rapidez, el progreso que sigue a este estado venturoso de cosas puede interrumpirse, en condiciones de laissez-faire, por insuficiencias de estímulos para nuevas inversiones.

J. M. Keynes. Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (cap. 23)


1.      La rehabilitación del debate sobre el subconsumo por Keynes

John Maynard Keynes fue el ideólogo de la teoría económica que necesitó el “mundo occidental” durante la mayor parte del siglo XX. Enfrentado con una de sus peores crisis económicas y sociales, con la “amenaza” de la expansión del comunismo y de las ideas socialistas, y ante la ineficacia de su teoría económica tradicional (que había servido para la expansión europea y estadounidense a través del liberalismo comercial y financiero) para solucionar el problema de aumento del desempleo y la pobreza, este “mundo occidental” recibió en la década del 30 (y muy a pesar de las elites gobernantes  tradicionales) las ideas keynesianas como el remedio necesario para evitar el colapso de su forma de vida.

El objetivo de la Teoría General de Keynes era “arreglar” el mecanismo económico que el liberalismo de los siglos XVIII y XIX había ideado, diseñado y construido para organizar a Europa y sus colonias. El pensamiento clásico y neoclásico que se convirtió en doctrina corriente, suponía como núcleo central que la libertad económica y la sociedad de mercado constituían la forma más eficiente y justa de organización social. Los primeros en postular esta idea fueron los Fisiócratas franceses, idea que motivó a Adam Smith para escribir su Wealth of Nations (1776), a Jean Baptiste Say su Traité d’Èconomie Politique (1803) y a David Ricardo sus Principles of Political Economy and Taxation (1817), bases intelectuales del orden político-económico liberal del siglo XIX.

Durante este período, la expansión de Europa, de sus fuerzas productivas y de su ideología, estuvieron casi fuera de toda discusión, era algo natural e inevitable, que daba sentido al mundo. Incluso la concepción de Marx suponía como inevitable el despliegue del capital europeo y de su civilización asociada (así como también deducía la inevitabilidad de su colapso). Para el pensamiento clásico y neoclásico (obviamente no para Marx), la gran fortaleza del capitalismo era su capacidad para autorregularse, sus leyes de evolución eran tales que toda anomalía era rápidamente corregida por las fuerzas del mercado. En este esquema de ideas, no había lugar para preocuparse por ninguna crisis, en todo caso, si existiera algún peligro, el mercado se encargaría de corregirlo. El rol de la política era sólo el de velar por que el mercado funcionara, evitando las regulaciones artificiales que lo obstruían, y llegado el caso tratando de contener la formación de monopolios, considerados como organizaciones rentísticas que evitaban la circulación del capital y la producción.

La primera vez que este sistema de pensamiento y de sociedad se sintió jaqueado fue durante la crisis de 1929. Los mecanismos de autorregulación parecieron no funcionar de la forma que se esperaba y la alternativa política de una organización social basada en el comunismo se estaba haciendo una realidad en buena parte del mundo antes “occidental”. En este contexto, la obra de Keynes es un dramático llamado a las ortodoxias liberales a abandonar algunos núcleos doctrinales en pos de la continuidad del capitalismo y de occidente. El mercado no se autorregula, dirá Keynes; es necesario intervenir desde la política para evitar que las fuerzas que lo impulsan no terminen por destruirlo.

La teoría clásica y neoclásica es considerada por Keynes como un caso particular, y no general, del funcionamiento de la economía capitalista. Sirve para explicar las cosas cuando no hay desempleo, cuando la producción está al nivel en que todos los factores productivos son utilizados por completo. Entonces el principal objetivo de Keynes es desarrollar una teoría que sea general, es decir, una teoría que explique también el funcionamiento de una economía capitalista con desempleo, y la principal utilidad de tal teoría será la de aportar justamente las herramientas para corregir esa situación, es decir, para sacar a una economía capitalista del desempleo.

Por lo tanto, uno de los principales objetivos de Keynes es analizar por qué el desempleo puede ser una consecuencia permanente, y no circunstancial como supone la economía clásica, del funcionamiento del capitalismo. Toda la Teoría General es un libro escrito para explicar esta idea y no nos vamos a extender aquí en cómo es la explicación, sino sólo comentar el hecho de que el mismo Keynes se considera portavoz de una tradición histórica de economistas que ha planteado la estructuralidad del problema del desempleo y la necesidad de una política activa para solucionarlo, tradición cuyos orígenes se remontan hasta las primeras discusiones entre mercantilistas  y antimercantilistas del siglo XVII, es decir, a la tradición del pensamiento económico previa a los fisiócratas y a los clásicos.

Para varios autores de esta tradición del pensamiento económico, el desempleo está causado por una deficiencia del gasto, ya sea del gasto de consumo como de inversión. En este sentido, el ahorro excesivo es el principal responsable del aumento del desempleo y de la decadencia económica de las naciones:

“El ahorro era considerado como la causa de la desocupación, y esta concepción obedecía a dos factores: de una parte se entendía que la masa de dinero que no entraba en el cambio disminuía la renta real; de otra parte, se creía que el ahorro retiraba de la circulación el dinero ahorrado”  (Keynes, J. M. Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero, cap. 23, sección VII, cita de Heckscher, E. La Época del Mercantilismo).

.Entre las principales figuras que acusaban a la excesiva frugalidad como el peor de los males de la economía estaban William Petty, Nicholas Barbon, y Bernard de Mandeville, quienes opinarían que, a pesar de su aparente frivolidad, los gastos en bienes de lujo, en diversiones y espectáculos suntuosos, o en palacios y arcos triunfales, contribuían a dar empleo e ingresos a la población. Barbon diría que “la prodigalidad es un vicio perjudicial al hombre, pero no al comercio… la avaricia es un vicio, perjudicial tanto al hombre como al comercio” (Keynes, op. cit. pag. 317), y Mandeville titularía su obra más influyente The Fable of the Bees or, Private Vices, Publick Benefits, con la intención de explicitar lo más posible su opinión de que los vicios privados se transforman en beneficios públicos, entendiendo por vicios privados a los excesos de consumo y gasto de las familias de mayores ingresos:

“Como esta prudente economía, que algunos llaman ahorro es en las familias privadas el método más certero para aumentar su patrimonio, igualmente se imaginan algunos que, ya sea un país infecundo o fructífero, el mismo método (que ellos creen practicable) tendrá efectos idénticos si se practica por la generalidad en toda una nación; y que por ejemplo, los ingleses podrían ser mucho más ricos de lo que son, si fueran tan frugales como algunos de sus vecinos. Esto a mi entender, es un error.

El gran arte para hacer que una nación sea feliz y lo que llamamos floreciente, consiste en dar a todos y cada uno la oportunidad de estar empleado; y para obtenerlo, hágase que la primera preocupación del gobierno sea promover una variedad tan grande de manufacturas, artes y oficios como la inteligencia humana pueda inventar”. (Keynes, op. cit. pag. 320)

Para Keynes, esta tradición de pensamiento promotora del gasto, el empleo, y la política activa del gobierno para encauzar la economía, fue aniquilada por el pensamiento de Adam Smith, quien enarbolaba la bandera del ahorro y el puritanismo económico, y “quien escribió lo que es prudencia en la conducta de toda familia privada, escasamente puede ser insensatez en la de un gran Reino; probablemente refiriéndose al anterior pasaje de Mandeville” (Keynes, op. cit. pag. 320). La doctrina del subconsumo vuelve a emerger en el pensamiento económico cuando se plantea un debate entre el último Malthus y Ricardo en una serie de correspondencias y en varios pasajes de sus respectivos Principios de Economía Política. Pero antes de analizar este debate repasemos la teoría clásica del funcionamiento de los mercados de Smith y Say.


2.      La autorregulación de los mercados y el progreso económico en el pensamiento de Adam Smith y Jean Baptiste Say

Tanto para Smith como para Say, una de las principales características de la economía de mercado es su capacidad para poner en circulación las fuerzas productivas de las naciones, es decir, sus riquezas, su capital, su trabajo y sus productos. Para ellos, el mercado es la construcción que organiza a la sociedad, es el espacio en donde los “intereses egoístas” de las personas terminan generando un “bienestar social” para todos. Y no sólo eso, también el mercado (como estructura resultante de las fuerzas que mueven a los individuos) se encargará de corregir cualquier desviación del sendero de crecimiento económico y acumulación del capital de una sociedad.

En su capítulo sobre la acumulación del capital, Smith hace con gran retórica su apología de la frugalidad como el motor del progreso social:

“Los capitales aumentan con la sobriedad y la parsimonia, y disminuyen con la prodigalidad y la disipación. Todo lo que una persona ahorra de su ingreso lo acumula a su capital y lo emplea en mantener un mayor número de manos productivas, o facilita que otra persona lo haga, prestándoselo a cambio de un interés o, lo que viene a ser lo mismo, de una participación en la ganancia. Así como el capital de un individuo sólo puede aumentar con lo que ahorre de sus ingresos anuales o de sus ganancias, de igual suerte el capital de una sociedad, que coincide con el de sus individuos, no puede acrecentarse sino en la misma forma.

La sobriedad o parsimonia y no la laboriosidad es la causa inmediata del aumento del capital. La laboriosidad, en efecto, provee la materia que la parsimonia acumula, pero por mucho que fuese capaz de adquirir aquella, nunca podría lograr engrandecer el capital, sin el concurso de esta última.

La parsimonia, al aumentar el capital que se destina a dar ocupación a manos productivas, contribuye a aumentar el número de aquellas cuyo trabajo agrega algún valor a la materia que elaboran, contribuyendo así a incrementar el valor de cambio del producto anual de la tierra y del trabajo del país. Pone en movimiento una cantidad adicional de actividad laboriosa que da un valor adicional a ese producto anual” (Smith, A. La Riqueza de las Naciones, Libro II, Cap. III, pag. 305)

Este ciclo virtuoso de frugalidad, acumulación de capital y progreso económico es la clave para entender la diferencia entre las naciones ricas y las pobres. En su argumento, considera que todo lo que se ahorra se invierte de forma automática, ya sea directamente o a través de un mercado financiero que regula el movimiento de los ahorros y establece una tasa de interés como el precio del capital. Cuando el ahorro es escaso, la tasa de interés es alta, y la acumulación es baja, y esta es la característica de los países pobres. Cuando al ahorro es abundante, la tasa de interés es baja, y la acumulación es alta, y esta es la característica de los países ricos. Por lo tanto, la tasa de interés refleja la mayor o menor frugalidad de las sociedades y sus posibilidades de progreso.

Es cierto, dice Smith, que el gasto en consumo también es una fuente de empleo, pero de consecuencias muy distintas a las del ahorro. Mientras que el gasto contribuye a mantener a una clase de trabajadores improductivos, es decir, que no producen ningún producto a cambio del salario, el ahorro mantiene a la clase de trabajadores productivos que contribuyen al aumento de la producción del país, tanto presente como futura:

“Aquella porción de su renta que gasta anualmente el rico, se consume, en la mayor parte de los casos, por los criados y huéspedes ociosos, que nada producen aparte de lo que consumen. Sin embargo, la proporción de la renta que ahorra al cabo del año, como se emplea en la consecución de una ganancia se emplea en concepto de capital, y se consume en la misma forma y poco más o menos en el mismo período de tiempo, pero por una clase distinta de gente, los manufactureros, trabajadores y artesanos, que reproducen, con una ganancia neta, lo que anualmente consumen” (Smith, A. op. cit. Libro II, Cap. III, pag. 306)

Smith considera al pródigo como un “enemigo público” y al parsimonioso como un benefactor. Es más, para él la frugalidad privada contrarresta la constante prodigalidad de los gobiernos, y cuando los países crecen lo hacen a pesar de sus gobiernos y no gracias a ellos. De aquí es donde puede intuirse el rechazo del pensamiento clásico hacia la política y la clase política, que no hacen otra cosa que vivir a expensas de la clase productiva y derrochar sus ahorros en gasto. Por eso, para ellos, los países con gobiernos pequeños tienen mayores posibilidades de acumular capital y progresar económicamente:

“En casi todos los países, la totalidad o la mayor parte de los ingresos públicos se emplea en el sostenimiento de manos improductivas. Tales son las personas que componen una corte espléndida, un poderoso estamento eclesiástico y los grandes ejércitos y flotas que en época de paz no producen nada, y en tiempo de guerra nada adquieren que pueda compensar el gasto de sostenerlas” (Smith, A. op. cit. Libro II, Cap. III, pag. 310)

Pero volviendo a la cuestión del ahorro y la inversión, Smith nunca considera el caso en que pueda haber un exceso de parsimonia o frugalidad en la sociedad; simplemente esta situación no entra en su esquema al suponer que todo lo que se ahorra se invierte, y que siempre habrá incentivos para invertir lo ahorrado en nueva producción. Y esto es así porque para Smith, como también para Say (quien lo marcará a fuego como una de las máximas del pensamiento clásico), la producción genera su propia demanda, por lo que está asegurado el ciclo ahorro-inversión-ingreso.

En el capítulo XV del Traité d’economie politique, Say plantea como uno de los pilares de la economía política su ley de los mercados, diciendo que “la compra de un producto no puede hacerse más que con el valor de otro”, argumentando de esta manera en contra de la idea según la cual no hay ventas porque el dinero es escaso, porque el dinero es un mero intermediario entre dos productos en la compra-venta; entonces afirma que no hay que creer que “las ventas son escasas porque el dinero es escaso, sino porque los demás productos lo son”. Por lo tanto, cuando en algunos mercados resulta que existe un exceso de oferta, es decir, de productos que no se venden, es porque en otros mercados hay un faltante de oferta, es decir, de productos que no se hacen:

“¿De donde viene, me preguntarán, esa cantidad de mercancías que en ciertas épocas atestan la circulación, sin poder encontrar compradores? ¿Por qué esas mercancías no se compran unas a otras? Contestaré que las mercancías que no se venden, o se venden con pérdidas, superan la suma de las necesidades que se tiene de ellas, ya sea porque se produjeron en cantidades demasiado considerables, o más bien porque otras producciones mermaron. Algunos productos son abundantes porque otros llegaron a escasear” (Say, J. B. Tratado de Economía Política, Libro I. Cap. XV, pag. 124)

Al igual que Smith, Say relata los males que esperan a una sociedad de pródigos y el grueso error de considerar al consumo como el motor del empleo, y es la economía política la ciencia llamada a ilustrar a los individuos y los gobiernos en los verdaderos principios del progreso de las sociedades:

“¡En qué error no cayeron quienes, viendo en líneas generales que la producción siempre iguala al consumo (pues es necesario que lo que se consume haya sido producido), consideraron el efecto como la causa, plantearon como un principio que sólo el consumo improductivo provocaba la reproducción, que el ahorro era directamente contrario a la prosperidad pública y que el ciudadano más útil era el que más gastaba!

Los partidarios de dos sistemas opuestos, el de los economistas [se refiere a los fisiócratas] y el de la balanza comercial [se refiere a los mercantilistas], hicieron de esta máxima un artículo fundamental de su fe. Los manufactureros, los comerciantes que sólo tienen en cuenta la venta actual de sus productos, sin buscar las causas que los hubieran hecho vender más, respaldaron una máxima al parecer tan conforme a sus intereses; los poetas, siempre un poco seducidos por las apariencias, y no considerándose obligados a ser más sabios que los hombres de Estado, celebraron el lujo en todos los tonos, y los ricos se apresuraron a adoptar un sistema que representa su ostentación como una virtud y sus goces como buenas acciones.

Pero los progresos de la economía política, al dar a conocer las verdaderas fuentes de la riqueza, los medios de producción y los resultados del consumo, harán caer para siempre ese prestigio” (Say, J. B. op. cit. Libro III, Cap. V, pag. 409)


3.      La critica de Malthus a la Ley de Say y la posibilidad de crisis de sobreproducción

En el capítulo primero del tercer libro de sus Principios de economía política, Robert Malthus estudia el problema “del progreso de la riqueza”. En estas páginas desarrolla su teoría sobre la posibilidad de ocurrencia de las crisis de superproducción, y el peligro que ellas representan para el crecimiento económico de una nación. Su primera observación es que el progreso de la riqueza en un país puede verse detenido o disminuido sin estar esto causado por deterioro alguno de la capacidad de producción o de los factores productivos.

“Los que conocen la naturaleza de la demanda efectiva se darán perfecta cuenta de que, donde existe la institución de la propiedad privada y se satisfacen las necesidades de la sociedad por la industria y el cambio, por muy intensos que sean los deseos de cualquier persona de poseer las cosas necesarias, útiles y agradables para la vida, no contribuirá en modo alguno a su producción si no existe una demanda recíproca de algo que esta posea. Un hombre que no posea más que su trabajo, tendrá o no tendrá una demanda efectiva de productos, según que exista o no exista una demanda de su trabajo por parte de quienes posean los productos. Y no puede haber nunca una demanda de trabajo productivo con vistas a la obtención de utilidades a menos que el producto que de él pueda obtenerse sea de mayor valor que el trabajo que lo obtuvo. No pueden emplearse en ninguna industria nuevos brazos por el sólo hecho de que exista una demanda de sus productos por parte de las personas empleadas en ella. No habrá ningún agricultor que se tome el trabajo de dirigir la labor de diez hombres por el simple hecho de que pueda vender en el mercado toda su producción a un precio exactamente igual al que les pagó. Tiene que existir algo en el estado anterior de la demanda o la oferta de la mercancía en cuestión, o en su precio, previa e independientemente de la demanda ocasionada por los nuevos obreros, para justificar el empleo de un número mayor de hombres en su producción” (Malthus, Th.. Principios de Economía Política, Fondo de Cultura Económica, Libro II, Cap. I, Sección II, pág. 263)                                                   

Por lo tanto, es evidente en teoría y también observando la experiencia, dice Malthus, “que cuando no se requiere una cantidad adicional de trabajo, el aumento de población encontrará pronto un obstáculo a su crecimiento en la falta de empleo y en la mala retribución que recibirán los que estén trabajando, y no existirá el estímulo necesario a un aumento de riqueza proporcional a la capacidad productiva”. Es así como es falsa, según Malthus, la opinión de que el único estímulo que necesita el aumento de riqueza sea el crecimiento de la población y el consecuente aumento de la demanda y de la producción que esta generaría: “casi en todas partes la riqueza real que poseen las naciones que conocemos es muy inferior a sus capacidades de producción, y entre esas naciones sucede a menudo que progresa menos la riqueza de aquellas en que es mayor el estímulo que surge de la población por si sola, es decir, en los países en que la población presiona con más fuerza contra los límites reales de los medios de subsistencia.”

La crítica de Malthus se dirige, como él mismo lo hace explícito, a la idea de Say y de Ricardo de que “las mercancías compran a las mercancías” y que, en consecuencia, no es posible la persistencia de una situación de exceso general de oferta de bienes:

“Algunos escritores muy inteligentes han pensado han pensado que si bien no es difícil que se produzca un abarrotamiento de ciertas mercancías, no es posible que este sea general, porque según ellos, como las mercancías siempre se cambian por mercancías, la mitad de estas proporcionará un mercado para la otra mitad y, al ser la producción la única fuente de demanda, un exceso en la oferta de un artículo sólo demuestra la deficiencia en la oferta de algún otro, y es imposible un exceso general” (Malthus, op. cit. Libro II, Cap. I, Sección III, pág. 266)

Malthus niega esta afirmación postulando que es falso que siempre las mercancías se cambien por otras mercancías: “muchísimos productos se cambian directamente por trabajo productivo o por servicios personales”, y es este hecho el que ocasiona que puedan existir momentos en donde un exceso de producción haga que las mercancías bajen de valor en relación al trabajo por el que se intercambiarán, generando a su vez incentivos para disminuir la producción, lo que se traducirá en un caída de la demanda de trabajo y por tanto de la demanda efectiva.

Esta situación de exceso generalizado de producción en relación a la demanda efectiva ocurre, afirma Malthus, cuando existe una tasa de ahorro y acumulación de capital demasiado elevada, es decir cuando existe en la población un exceso de frugalidad en el consumo de bienes, principalmente por parte de las clases de mayores ingresos. En este caso,

“Es evidente que habría en el mercado una cantidad anormal de mercancías de todas clases, debido a que las personas que antes daban servicios personales se habrían convertido en trabajadores productivos como resultado de la acumulación de capital; el número total de obreros sería el mismo, y los terratenientes y capitalistas tendrían, por hipótesis, menos capacidad y deseo de comprar mercancías para su consumo, y en tales circunstancias el valor de aquellas bajaría necesariamente en comparación con el trabajo, de modo que disminuirían mucho las utilidades y se detendría durante algún tiempo la producción. Y esto es precisamente lo que se entiende por la palabra abarrotamiento, que en este caso es, sin la menor duda, general y no parcial” (Malthus, op. cit. Libro II, Cap. I, Sección III, pág. 266)

Malthus asigna mucha más importancia y presencia fáctica a la separación entre costo de producción y valor de la producción. Mientras que para Ricardo cualquier desvío entre el costo de producción y el valor de la producción desencadena un mecanismo automático de ajuste que lo corrige y que por lo tanto cualquier desajuste entre la oferta y la demanda es transitorio y parcial, Malthus argumenta que este desajuste puede dar lugar a un proceso que lo potencie, generando una situación de estancamiento y desequilibrio generalizado:

“Si se lleva la transformación de los ingresos en capital más allá de un cierto punto, entonces, como al disminuir la demanda efectiva de productos quedan sin empleo las clases trabajadoras, es evidente que si la adopción de costumbres frugales rebasa cierto límite, puede ir acompañada al principio por lo efectos más desastrosos y después por una marcada depresión de la riqueza y la población” (Malthus, op. cit. Libro II, Cap. I, Sección III, pág. 274)

El error más grave de Say y Ricardo, sostiene Malthus, es “suponer que la acumulación asegura la demanda; o que el consumo de los trabajadores empleados por aquellos que ahorran creará una demanda efectiva de mercancías de tal magnitud que dará impulso a un aumento continuado de la producción”. Por el contrario, este caso es un caso particular y para nada general, por lo que suponer que a través de una mayor frugalidad y ahorro un país aumentará más rápido su riqueza es una idea falaz y una política peligrosa. Lo que hace que el capital se acumule y la riqueza aumente, dice Malthus, es generar una situación de demanda efectiva y disminución de riesgo tal que las utilidades del capital sean elevadas.

A pesar de su advertencia sobre los peligros de una elevada frugalidad para el progreso de la riqueza, Malthus reconoce que cierto nivel de frugalidad o ahorro es necesario para incrementar el capital de la sociedad, por lo que si todo el ingreso se consumiera y nada se ahorrara tampoco se lograría expandir la riqueza nacional:

“Desde luego, no pretendemos decir que la frugalidad, o aun una disminución temporal de consumo, no sean a menudo utilísimas, y a veces indispensables para el progreso de la riqueza. La extravagancia puede, sin duda, arruinar a un estado; y por ello no sólo puede ser necesaria una disminución de los gastos acostumbrados, sino una economía temporal del consumo (cuando el capital del país es deficiente comparado con la demanda de sus productos), de manera que pueda surgir una oferta tal de capital que proporcione medios suficientes para permitir un consumo mayor en el futuro. Lo único que pretendo es que ninguna nación puede enriquecerse por una acumulación de capital que provenga de una disminución permanente del consumo; porque, al acumularse más de lo que se necesita para satisfacer la demanda efectiva de productos, una parte perderá en seguida su utilidad y su valor y dejará de poseer el carácter de riqueza” (Malthus, op. cit. Libro II, Cap. I, Sección III, pág. 275)

Es decir, la postura de Malthus es advertir sobre los peligros de creer en la idea (sugerida inicialmente por Smith, pero afirmada con más énfasis primero por Say y luego por Ricardo) de que los mercados siempre se autorregulan de forma de conducir al progreso. En este sentido, lo que sugiere Malthus es la necesidad de cierta regulación política del consumo, el ahorro y la demanda efectiva de forma de promover una acumulación de capital sostenida que implique un cada vez mayor nivel de ingreso, y no confiar ciegamente en los mecanismos de ajuste automáticos del mercado.


4.      La defensa de Ricardo a las ideas de Say

En el capítulo 21 de sus Principios, Ricardo analiza el problema de la sobreproducción, preguntándose si puede darse el caso de una situación de exceso de oferta generalizado causado por una acumulación de capital demasiado elevada. Citando a Say, opina como él que no puede darse el caso de que exista una situación duradera de capital no utilizado en un país a causa de una deficiencia de la demanda, porque la producción crea su propia demanda, y si hay producción entonces habrá la suficiente demanda para comprar lo producido:

“Ningún hombre produce sin la intención de consumir o vender lo que produce, y nunca vende sin la intención de, a su vez, comprar algún otro producto, el cual puede ser para su uso inmediato o para contribuir a la producción futura. Al producir, entonces, él necesariamente se convierte o en el consumidor de su propia producción, o en el comprador y consumidor de la producción de alguna otra persona. No hay que suponer que el productor pudiera, por algún lapso de tiempo, estar mal informado acerca de los bienes que él pudiera producir de la forma más ventajosa, para alcanzar el objetivo que persigue, que es la posesión de otros bienes; y por lo tanto, no es probable que continúe produciendo bienes para los cuales no hay demanda” (Ricardo, D. Principios de Economía Política y Tributación)

“Los productos son siempre comprados por otros productos, o por servicios” dice Ricardo, y a pesar de que pueda darse el caso de que un determinado bien sea producido en exceso, esto no puede suceder para todos los bienes simultáneamente. Porque cuando un determinado bien está siendo producido en exceso, de forma de que al precio de mercado no paga los beneficios normales del capital que se ha empleado en producirlo, entonces el capital dejará de invertirse en la producción de este bien y se destinará a la producción de otros para los que el precio de mercado haga rendir una tasa de beneficios mayor.

En una sociedad siempre habrá necesidades de consumo insatisfechas y en general todas las personas tienen algo que dar a cambio (sean productos, servicios, o la propiedad sobre algún recurso) para satisfacer estas necesidades. Esta es la razón que da Ricardo, siguiendo a Adam Smith, de por qué siempre habrá oportunidad de invertir el capital en forma rentable, y por lo tanto continuar su acumulación. Una vez satisfechas las necesidades básicas de alimentos, surgen nuevas necesidades y deseos que motivan la producción y la acumulación de capital: “El deseo de alimento está limitado en todo hombre por la capacidad de su estómago, pero el deseo de las conveniencias y ornamentos de los edificios, del vestido, del equipamiento y de los muebles de un hogar parecieran no tener límite ni frontera cierta”. En este sentido, sólo es posible que exista una producción excesiva si el capital sólo puede invertirse en donde la demanda es limitada, es decir, en la producción de alimentos:

“Hay sólo un caso, y el que será temporario, en el que la acumulación de capital con bajos precios de los alimentos puede ocasionar una caída de beneficios; y es cuando los fondos para el mantenimiento del trabajo se incrementa mucho más rápido que la población; los salarios serán entonces altos y los beneficios bajos. Si todo hombre abandonara el uso de lujos y se interesara sólo en la acumulación, puede ser producida una cantidad de productos de primera necesidad (necessaries) para la cual pudiera no haber consumo inmediato alguno. Para bienes como estos tan limitados en número, podría haber sin dudas una sobreproducción generalizada (“universal glut”) y consecuentemente podría no haber ni demanda para cantidades adicionales de estos bienes ni beneficios sobre el mayor capital empleado. Si los hombres dejan de consumir, dejarán de producir. Pero esta admisión no impugna el principio general” (Ricardo, D. Principios de Economía Política y Tributación)


Es así como Ricardo, considera como un caso particular sumamente improbable la ocurrencia de una crisis de sobreproducción o una sobreproducción generalizada que paralice la acumulación de capital y el crecimiento económico. En su esquema del proceso económico, la única crisis que enfrenta el capital se da cuando la limitación de la tierra eleva la renta y el precio de los alimentos hasta el punto en que no quedan beneficios para el capital y la acumulación se detiene. Este es el único peligro que enfrenta el capitalismo y el progreso:

“No hay ningún límite a la demanda, ningún límite al empleo del capital mientras rinda algún beneficio, y a pesar de lo abundante que pueda llegar a ser el capital, no hay ninguna otra razón adecuada para una caída de los beneficios que el aumento de los salarios, y la única causa adecuada y permanente para el aumento de los salarios es la creciente dificultad de proveer alimentos y productos necesarios para la vida al creciente número de trabajadores” (Ricardo, D. Principios de Economía Política y Tributación)

La verdadera crisis que preocupa a Ricardo es esta tendencia que tiene el capitalismo hacia su extinción. Esto se debe a que la rentabilidad del capital pierde cada vez mayor terreno frente al aumento de la renta de la tierra, a causa de la natural limitación de tierras aptas para el cultivo. Toda la obra de Ricardo es un intento de analizar la naturaleza de la renta de la tierra y sus consecuencias para la acumulación de capital. Su conclusión es que a medida que aumenta la acumulación de capital, la mayor demanda de trabajo impacta sobre los salarios y sobre los precios de los alimentos, que son producidos en condiciones de rendimientos decrecientes del capital y del trabajo aplicado a una cantidad limitada de tierra. Por lo tanto, la acumulación de capital ocasiona un aumento paralelo de la renta de la tierra. A medida que más acumulan, los capitalistas pierden participación en el ingreso, sus ganancias caen y llegado un punto, vaticina Ricardo, la acumulación de capital se detendrá. Por lo tanto, la crisis que tiene en mente es una crisis de tipo estructural, inevitable en el largo plazo. (Sin embargo, Ricardo postula que las posibilidades del comercio exterior –la importación de alimentos baratos y la exportación de manufacturas, desde el punto de vista de Gran Bretaña— y los avances tecnológicos, pueden contrarrestar la tendencia al estancamiento del capital.)


5.      Las crisis de sobreproducción según Marx

Marx también piensa que el sistema capitalista tiene la capacidad de autorregularse. Sin embargo, la gran diferencia con la tradición clásica es que su noción de autorregulación es política y no natural. Para Quesnay, Smith, Say y Ricardo, el “sistema económico basado en la libertad individual y el mercado” (“régimen capitalista” para Marx) es un “orden natural”, es decir, posee ciertas leyes naturales (que la ciencia de la economía política estudia) del mismo tipo que las leyes de la física o la astronomía, y el gran descubrimiento de la economía política clásica es justamente el haber puesto de manifiesto la forma en que estas leyes funcionan y lo que implican para el progresos de las sociedades modernas.

La noción de autorregulación de Marx es completamente distinta. El sistema capitalista se autorregula no por leyes naturales, sino por la voluntad y la acción de aquellos individuos o clases sociales que detentan el poder político y económico. El sistema capitalista es un “orden político” y no uno natural. Y las leyes que lo regulan son leyes políticas, es decir, leyes establecidas por un particular tipo de organización social.

Marx opina que las crisis de sobreproducción existen en el proceso de la acumulación del capital, pero está mas cerca de Ricardo que de Malthus, al sostener que este tipo de situaciones tarde o temprano se corrigen por el mismo régimen:

“El incremento del capital lleva consigo el incremento de su parte variable, es decir, de la parte invertida en fuerza de trabajo. Una parte de la plusvalía convertida en nuevo capital necesariamente tiene que volver a convertirse en capital variable o en fondo adicional de trabajo. Si suponemos que, no alterándose las demás circunstancias, la composición del capital permanece invariable, es decir, que una determinada masa de medios de producción o de capital constante exige siempre, para ponerla en movimiento, la misma masa de fuerza de trabajo, es evidente que la demanda de trabajo y el fondo de subsistencia de los obreros crecerán en proporción al capital y con la misma rapidez con que este aumente. […] Las necesidades de acumulación del capital pueden sobrepujar el incremento de la fuerza de trabajo o del número de obreros, la demanda de obreros puede preponderar sobre su oferta, haciendo con ello subir los salarios” (Marx, Karl. El Capital. Edición del Fondo de Cultura Económica. Libro I. Cap. XXIII, pag. 517).

“El aumento de los salarios sólo supone, en el mejor de los casos, la reducción cuantitativa del trabajo no retribuido que viene obligado a entregar el obrero. Pero esta reducción no puede jamás rebasar ni alcanzar siquiera el límite a partir del cual supondría una amenaza para el sistema.[…] Puede ocurrir que el precio del trabajo continúe subiendo, porque su alza no estorbe los progresos de la acumulación. […] La otra alternativa es que la acumulación se amortigüe al subir el precio del trabajo, si esto embota el aguijón de la ganancia. La acumulación disminuye. Pero, al disminuir, desaparece la causa de su disminución, o sea, la desproporción entre el capital y la fuerza de trabajo explotable. Es decir, que el propio mecanismo del proceso de producción capitalista se encarga de vencer los obstáculos pasajeros que el mismo crea. El precio del trabajo vuelve a descender al nivel que corresponde a las necesidades de explotación de capital.” (Marx, Karl. op. cit. Libro I. Cap. XXIII, pag. 523)

Es decir, los capitalistas controlan el proceso de acumulación del capital a través del manejo de la proporción invertida de su ingreso (“la magnitud de la acumulación es la variable independiente, la magnitud del salarios la variable dependiente, y no a la inversa”, dice Marx), y este control voluntario de la acumulación tiene como finalidad asegurar la continuidad del sistema:

“Como vemos, el alza del precio del trabajo se mueve siempre dentro de límites que no sólo dejan intangibles las bases del sistema capitalista, sino que además garantizan su reproducción en una escala cada vez más alta. La ley de la acumulación capitalista, que se pretende mistificar convirtiéndola en una ley natural, no expresa, por tanto, más que una cosa: que su naturaleza excluye toda reducción del grado de explotación del trabajo o toda alza del precio de este que pueda hacer peligrar seriamente la reproducción constante del régimen capitalista y la reproducción del capital sobre una escala cada vez más alta” (Marx, Karl. Op. Cit. Libro I. Cap. XXIII, pag. 523)


6.      El debate sobre el subconsumo y las etapas del pensamiento económico

A partir del debate sobre el subconsumo, puede establecerse la diferenciación de dos corrientes de pensamiento económico claramente diferenciadas. Una corriente que confía en la autorregulación de los mercados y en la automaticidad del progreso económico basada en la frugalidad y la libertad económica; y otra corriente que plantea la incompletitud y la falacia de esa doctrina, y asigna una importancia crucial a la demanda como generadora de empleo y a la política pública como reguladora del progreso económico.

La primera corriente de pensamiento la inician Quesnay junto con los demás fisiócratas y tiene en Adam Smith, Jean Baptite Say y David Ricardo a sus mayores exponentes clásicos. La segunda, se inicia con varios economistas o filósofos políticos de la época del mercantilismo (aunque no compartieran todas las ideas del mercantilismo), como William Petty, Nicolas Barbon, y Bernard de Mandeville, llegando hasta Thomas Malthus cuando plantea la posibilidad real de situaciones de sobreproducción no solucionadas por el mercado.

La corriente neoclásica del siglo XIX y XX, de la mano de los marginalistas (Leon Walras, William S. Jevons y Carl Menger) y principalmente de Alfred Marshall, construye todo su basamento sobre la Ley de Say y la autorregulación de los mercados como la situación general de las economías, dejando marginados a casos particulares, coyunturales, transitorios e improbables, cualquier otra configuración de una economía. Contra esta corriente se alza la voz de John Maynard Keynes cuando en 1936 publica su Teoría General con la intención de rescatar la importancia del empleo como variable fundamental de una economía (y de una sociedad) y de la intervención política sobre la demanda cuando esta es insuficiente para generar el nivel de pleno empleo.

Para concluir quisiera citar un párrafo de Keynes en donde resume la cuestión acerca del debate:

“En la economía ricardiana, que sirve de base a lo que se nos ha enseñado por mas de un siglo, es esencial la idea de que podemos desdeñar impunemente la función de la demanda global. Es verdad que Malthus se opuso con vehemencia a la doctrina de Ricardo de que era imposible una insuficiencia de la demanda efectiva, pero en vano, porque no pudo explicar claramente (fuera de un llamada a la observación común de los hechos) cómo y por qué la demanda efectiva podría ser deficiente o excesiva, no logró dar una construcción alternativa y Ricardo conquistó a Inglaterra de una manera tan cabal como la Santa Inquisición a España. Su teoría no fue aceptada sólo por la City, los estadistas y el mundo académico, sino que la controversia se detuvo y el punto de vista contrario desapareció completamente y dejó de ser discutida. El gran enigma de la demanda efectiva, con el que Malthus había luchado, se desvaneció de la literatura económica. Ni una sólo vez puede verse mencionado en cualquiera de los trabajos de Marshall, Edgeworth y el profesor Pigou, de cuyas manos ha recibido la mayor madurez la teoría clásica. Sólo pudo vivir furtivamente disfrazada, en las regiones del bajo mundo de Carlos Marx, Silvio Gesell y el mayor Douglas” (Keynes, op. cit. libro I, cap. 3, pag. 39)

jueves, 31 de mayo de 2012

El difícil mundo del “planificador no central”

A principios de siglo XX tuvo lugar una de las más antológicas (y ontológicas) de las discusiones en el pensamiento económico contemporáneo, el llamado “debate sobre el cálculo socialista”. La causa del debate era la pregunta acerca de cómo podrían los recientemente fundados países socialistas organizar sus economías sobre las bases de un sistema político y social sin propiedad privada, sin mercados, y por lo tanto sin precios.

La respuesta de un grupo de economistas encabezados por Oscar Lange y Abba Lerner fue que era posible, a través de un organismo estatal de planificación central, organizar la actividad económica en los países socialistas con el mismo nivel de eficiencia que lo haría una economía capitalista que funcionara a la perfección (entendiendo perfección como una “economía de competencia perfecta”, que es la meca de todos los economistas desde Adam Smith en adelante). Por el contrario, el otro grupo de economistas que participaron del debate, liderado por Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, afirmaron la imposibilidad de cualquier intento de planificación central de una economía que quisiera tener éxito, por la razón esencial de que es inviable contar con la información suficiente para hacerlo, ya que el conocimiento está “socialmente distribuido” y la mejor forma que tiene una sociedad de transmitirlo para tomar decisiones es a través de un sistema descentralizado, como el sistema de precios de mercado, funcionando con la menor intervención estatal posible.

Aunque creo que en ambos lados hay ideas muy interesantes, está claro que son argumentos extremos. Para los primeros, una sociedad puede ser perfectamente planificada por una elite de gobernantes benévolos al mando de una supercomputadora que resuelva las ecuaciones de una dinámica socioeconómica óptima; para los segundos, el mejor gobierno es el menor gobierno y la mejor computadora es el mercado. Para unos, el futuro puede ser diseñado y construido, para otros, es completamente inaccesible a la voluntad política. El planificador central es, para los socialistas, la encarnación del progreso y el iluminismo, y para los liberales, la del despotismo y la tiranía.

Sin embargo, y sin entrar en el debate de la filosofía política del liberalismo y el socialismo, tanto en la primera visión como en la segunda se sobredimensiona la figura de este planificador central, porque ambas creen que el planificador (para bien o para mal) tiene el poder para accionar sus planes. En realidad, las posibilidades del planificador son mucho más modestas. En todo caso habría que hablar de un “planificador no central”, un planificador inmerso en una arena política donde es sólo uno más entre muchos actores, un planificador que para nada controla todas las palancas de la maquínica biopolítica que intenta gobernar. El “planificador no central”, por más benévolo que sea, desconoce la verdad, ensaya, se equivoca, interpreta, aprende, y a veces juega a los dados. Pero es el planificador real, el planificador humano.

viernes, 3 de febrero de 2012

Comercio y Prosperidad: ¿orden natural u orden político?

Los debates sobre comercio internacional y prosperidad económica son tan viejos como la economía política misma; incluso podemos decir que la economía como disciplina intelectual nació a raíz de estos debates.

La teoría clásica del comercio, construida por Richard Cantillon, Adam Smith y Jean Baptiste Say y que David Ricardo sistematizara en el capítulo VII de sus influyentes Principios de Economía Política y Tributación, sostiene que los países deben especializarse en aquellos sectores en los que la Naturaleza les dio una ventaja comparativa respecto al resto de los países. De esta forma, es “natural” y por tanto conveniente, que un país como Portugal se especialice en la producción de vinos y un país como Inglaterra en la producción de textiles, dado que así se expresan mejor para ambos sus capacidades productivas, aumentando su bienestar y prosperidad. Que Portugal produjera y exportara vinos e Inglaterra paños quedó entonces reconocido en el conocimiento económico de sentido común como una manifestación de las ventajas del comercio y del orden natural de las cosas.

Sin embargo, lo que Ricardo olvida decirnos en sus Principios es que si a comienzos del siglo XIX Portugal exportaba vinos e Inglaterra paños se debía antes que a sus ventajas comparativas, a un tratado de comercio que ambas naciones firmaron en 1703, llamado el Tratado de Methuen (en honor al diplomático inglés John Methuen quien lideró las negociaciones por parte de Inglaterra), que estipulada en sólo tres breves artículos que “S. R. M. de Portugal promete en nombre suyo y en el de sus sucesores, admitir por siempre jamás en el Reino de Portugal los paños y demás manufacturas de lana de fábrica de la Gran Bretaña” y que “S. R. M. Británica, tanto en su nombre como en el de sus sucesores, ha de quedar obligada por siempre jamás a admitir en los dominios de la Gran Bretaña los vinos de Portugal”.

Las razones que motivaron el Tratado de Methuen, considerado “una pieza maestra de la política comercial de Gran Bretaña”, no estaban en el reconocimiento de las ventajas de un orden natural del comercio, sino en el intento de apoderarse del excedente de oro que Portugal recibía de Brasil y emprender una embestida geopolítica contra España y Francia. También ocasionó que más de un siglo después, cuando Ricardo escribía sus Principios, no existiera en Portugal otra industria que la del vino, y que esto pareciera el natural resultado de sus ventajas comparativas, sirviendo de modelo retórico para explicar su teoría del comercio y la división internacional del trabajo.

Más allá del debate sobre los sistemas de comercio y la prosperidad económica, en un mundo postglobalizado se hace necesario el reconocimiento explícito de que las “fuerzas económicas” esconden un detrás-de-escena caracterizado por intentos de imponer órdenes políticos, redistribuciones de ingresos y de la balanza de poder, y conflictos de protagonismos. Los clásicos decían que de estas aparentes contradicciones surgía un orden espontáneo, y este es el núcleo intelectual que organiza la corriente principal del pensamiento económico actual casi de forma axiomática.

Una política comercial es mucho más que una política comercial. Puede aceptar o desafiar un determinado reparto del poder, una manera de crear empleo y tecnología, una estrategia de posicionamiento en el mundo y un destino de país.