miércoles, 9 de febrero de 2011

Avatares del valor

Cabría preguntarse si lo que en realidad se está debatiendo actualmente es la fe en la autorregulación de los mercados, el espíritu del capitalismo, la globalización financiera, el fin de la historia, o algo más profundo, algo que en cierta medida es la base y el común denominador de estas derivaciones, que a mi entender es la noción moderna de valor.

En Las palabras y las cosas, Foucault dice que: “En una cultura y en un momento dados, sólo hay siempre una episteme, que define las condiciones de posibilidad de todo saber, sea que se manifieste en una teoría o que quede silenciosamente investida en una práctica. […] Y lo que se requiere es hacer hablar a estas necesidades fundamentales del saber.”

Creo que el verdadero debate actual se está dando, más o menos conscientemente, en términos de una crítica de la episteme moderna del valor. Pero para entender en qué consiste esta episteme que subyace al orden económico de la modernidad es necesario observar que la constante en la trayectoria del valor, del movimiento de esta noción desde sus inicios en el siglo XVIII, es la búsqueda de la abstracción: la idea de valor se fue alejando cada vez más del mundo material, de la percepción concreta y directa, de la inmediatez de las cosas.

Nuestro saber y nuestras prácticas sobre la economía, sobre la producción, la distribución y el consumo, están caracterizadas por la búsqueda de la abstracción, por la construcción de universos de signos y de objetos que nominan eventualidades cada vez más abstractas, más potenciales, más generales, más disociadas del aquí y del ahora. Dentro de esta episteme, de este marco de articulación del saber y la práctica, el valor dejó de ser hace rato una propiedad de las cosas y pasó a ser una expectativa, dejó de representar el presente concreto para pasar a ser una medida de los futuros posibles.

El bestiario de los objetos-signo de valor se fue expandiendo desde el papel moneda y el crédito bancario (“aberraciones” de principios del siglo XVIII) hasta los actuales derivados financieros como las opciones, los swaps o los asset-backed securities (encontrados culpables de la última crisis global). Puede sorprender que el valor asignado en los mercados mundiales a estos objetos-signo llegue a superar por mucho el valor del producto anual del mundo entero, pero lo cierto es que esto sucede porque justamente su valor está disociado del producto presente y asociado a las contingencias de los productos futuros, a la suma de los acontecimientos esperados sobre el valor de lo que se producirá. Por paradójico que parezca, la abstracción del valor lleva a que los valores presentes sean expectativas de valores futuros, creando una circularidad en la formación del valor que hace que los movimientos de las expectativas puedan crear o destruir “riqueza” en cuestión de segundos, creación y destrucción ex nihilo de riqueza-signo.

También la teoría económica siguió este movimiento de abstracción, pasando de ser un compendio de prácticas y políticas concernientes a la administración de la riqueza, el comercio y el trabajo de las naciones, a ser una ciencia de las motivaciones subjetivas, de las condiciones matemáticas del equilibrio de los mercados, de la medición del bienestar y la felicidad de los individuos en términos de unidades de utilidad o su equiparable en dinero. Gracias a la “ley de los promedios”, toda historia, toda particularidad, toda anormalidad fue eliminada de la teoría, descartada por improbable, por carente de sentido. Cualquier comportamiento que se alejara de lo esperado estaba condenado a la extinción, sólo un ruido pasajero. Los individuos tienden a parecerse y su historia a ser la misma, por eso no hay necesidad de una historia, porque es solo una repetición, porque se sabe lo que va a pasar: el mercado es global, todos ofrecen trabajo y consumen productos movidos por los mismos motivos. Hay un único productor, un único consumidor, una única historia, una única noción del valor, razonables.

Este movimiento hacia la abstracción es lo que caracteriza la episteme de la economía moderna. Abstracción que no es propia de la economía, pero que en cierta medida la economía contribuyó a desarrollar cuando postuló que todos los objetos pueden ser puestos en relaciones de equivalencia y de orden en función de su valor. La idea de valor hace posible todo un ordenamiento de las cosas. El mundo se hace racional, lógico, tratable, cuando las cosas que lo componen pueden compararse entre sí, ser sometidas a un orden, y el valor de las cosas es, desde el inicio de la modernidad, el paradigma que ordena nuestra sociedad y su devenir.

Discutir la organización de nuestras instituciones, la lógica de nuestras relaciones sociales, la racionalidad de nuestro trabajo y nuestro consumo, incluso el sentido de nuestra sociedad, es en última instancia discutir nuestra idea de valor. Parafraseando a Foucault diría que lo que se requiere es hacer hablar a las necesidades de nuestra idea de valor.

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