lunes, 20 de diciembre de 2010

Economía, semiótica y hermenéutica

En un interesante artículo de 1945 titulado The use of knowledge in society, Friedrich Hayek (uno de los principales apóstoles del liberalismo político y económico del s. XX) comparó el sistema de precios de mercado con el lenguaje. Básicamente dijo que el lenguaje y el mercado son los más eficaces inventos humanos para transmitir información y conocimiento, que en esencia se encuentra desperdigado, atomizado, socialmente distribuido. Desde este punto de vista, los precios son signos que contienen información y representan conocimiento útil a la sociedad, generado a partir del funcionamiento de un mecanismo de articulación y síntesis de estas piezas de conocimiento: el mercado.

Pero dado que el mercado como el lenguaje son inventos, entonces hay una sociedad que los construyó, más aún son construcciones sociales caracterizadas por tener significado convencional, es decir, tienen significado en cuanto hay un acuerdo social que les asigna ese significado. Por otro lado, este significado del precio o la palabra sólo se entiende o tiene sentido dentro de un juego de diferencias y oposiciones entre todos los demás precios y todas las demás palabras; es este sistema de diferencias y oposiciones, con sus reglas de composición y su estructura de funcionamiento, lo que les da sentido.

El descubrimiento de la semejanza entre lengua y mercado, palabras y precios, y lingüística y economía, es originario del suizo Ferdinand de Saussure, padre de la lingüística estructural. De Saussure intuyó, a partir del análisis del equilibrio general de los mercados de León Walras, que el funcionamiento de la lengua era similar al funcionamiento de los mercados. Así como los precios se forman y adquieren su significado en el marco de un sistema económico de valores, el mercado, las palabras también surgen y significan en tanto componentes de un sistema de significación, la lengua.

Pero la idea fuerte de esta concepción del mercado y de la lengua, la idea-ruptura, es que entonces se desnaturaliza tanto al mercado como a la lengua. De Saussure rompe con la idea de que existe una comunión o lazo natural entre las palabras y las cosas. De la misma manera, concebir al mercado como invención y no como fenómeno natural, rompe con la idea fundadora de la economía científica que pretendieron los fisiócratas, la noción de orden natural. Ni la lengua es natural ni el mercado es natural, sino que son construcciones sociales cuyo significado y funcionamiento hay que buscarlos en el mundo social. Idea que por primera vez expuso Karl Marx para la relación entre cosas y valores, con su explicación del fetichismo de la mercancía: “lo que aquí reviste, a los ojos de los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre objetos materiales no es más que una relación social concreta establecida entre los mismos hombres.”

Entonces, si no hay una naturaleza u origen natural de la lengua y del mercado, podemos al menos imaginar como posibles, formas alternativas de construir sistemas de transmisión y articulación social de las ideas, los conocimientos y los valores. Lo más interesante de esta concepción de la Economía como Semiótica es que da pie a la superación de la tradicional oposición entre Economía y utopía, y abre el camino para plantear un despliegue epistemológico desde el modelo de una ciencia económica al modelo de una hermenéutica económica. Las preguntas que hace la hermenéutica están relacionadas con la comprensión de las acciones humanas más que con su explicación causal. Preguntar por ejemplo ¿en qué contexto se dice lo que se dice? ¿Con qué motivos? ¿Cuáles son las subjetividades en juego? ¿Cuál es el sentido de lo que se hace o dice? permite indagar más allá de la validez empírica o lógica de las teorías económicas y sociales, permite indagar acerca de los sujetos y las sociedades que las crean y legitiman, que las incorporan al saber, al discurso y al sentido común de una época.

Esta tradición interpretativista de la Economía se inicia con la llamada Escuela Histórica Alemana, cuyo exponente más conocido es Max Weber, pero que también integraron entre otros Wilhelm Roscher (1817-1894), Gustav Schmoller (1838-1917), Georg Simmel (1858-1918), Ferdinand Tönnies (1855-1936) y Werner Sombart (1863-1941).