sábado, 23 de octubre de 2010

El buen padre de familia y la frugalidad fiscal

La idea de ahorro, de prudencia en el gasto, y de austeridad es una reminiscencia de la moral cívica victoriana, de una época en la que se sermoneaba que la austeridad era la base de la fortuna y de la buena conducta, una moral que podemos rastrear hasta la Reforma de Lutero, y que dio pie a que Max Weber relacionara el surgimiento del Capitalismo con la ética del Protestantismo.

Más allá de que en los hechos ninguna de las grandes fortunas europeas de los siglos XVIII y XIX se formó en base al ahorro y la moral protestante (sino más bien a la especulación, la usura, las guerras, el colonialismo y el saqueo) la austeridad constituía una parábola del buen ciudadano, y como lo que era bueno para una familia debía ser bueno para un Estado (¿o un Estado no es otra cosa que un conjunto de familias?), la mayoría de los filósofos políticos de la época desarrollaron en su imaginario una visión del Estado y del buen gobierno semejante a una austera familia luterana guiada por un buen padre (…en lo posible pastor).

Uno de los pocos “intelectuales” que se atrevió a cuestionar esta idea fue Bernard de Mandeville, quien con su pintoresca y extraña obra La fábula de las abejas (subtitulada “sobre los vicios privados y los beneficios públicos”) puso furiosos a varios de los más eminentes moralistas y filósofos políticos del siglo XVIII. Mandeville tuvo la ocurrencia de argumentar que si todos los buenos padres de familia de una sociedad fueran devotos de la austeridad y el ahorro, entonces nadie realizaría el gasto que genera el empleo que permite el ingreso en que se basa el ahorro. Por lo tanto, una sociedad basada en el precepto de la frugalidad sería una sociedad condenada al desempleo y la pobreza, mientras que una sociedad de derrochadores y viciosos del gasto al menos daría empleo suficiente a sus integrantes.

Más allá de los padres de familia, las abejas y los vicios, lo que en realidad se debatía era la forma en que debía organizarse y administrarse una sociedad y un Estado modernos, es decir, un ordenamiento basado en las leyes de la Naturaleza y no en las leyes de Dios. De estas reflexiones y debates surgirían las dos grandes disciplinas intelectuales propias de la modernidad: la Economía Política y la Sociología; la primera como gran proyecto de ciencia positiva del progreso de la humanidad y la segunda como gran crítica de los resultados de ese proyecto.

La idea de la frugalidad como motor del progreso y del padre de familia como ejemplo del buen gobierno son dos de las tantas ideas que se filtrarían en el pensamiento económico tradicional y en las políticas económicas de los ministros de hacienda, mientras que por mucho tiempo la incómoda provocación de Mandeville sólo encontraría lugar en las corrientes marginales del pensamiento económico.

Sería la catástrofe del 30 la encargada de resucitarla, y nada menos que de la mano (o la palabra) de un converso John Maynard Keynes, quien diría que uno de los grandes problemas de las sociedades capitalistas es la falta de inversión, o lo que es casi lo mismo, el exceso de ahorro, más aun en los momentos en que menos se lo necesita. Si un gobierno ante una crisis económica optara por comportarse como el precavido padre de familia ahorrador, lejos de hacer lo correcto, lo que lograría sería profundizar la debacle. Sin embargo, si un padre de familia pierde ingresos porque queda desempleado, no parecería correcto que siguiese gastando. Es decir, aquella vieja idea de que lo que es bueno para una familia debe ser también bueno para un Estado, pareciera entonces no ser tan buena idea. Pero esto entonces obliga a plantearse y replantearse cuáles son y deberían ser las metáforas con las que construir una nueva visión de la sociedad y de su gobierno.

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