viernes, 10 de septiembre de 2010

¿Es posible una Economia sin una Política?

Los economistas clásicos del siglo XVIII buscaban responder a la cuestión de si era posible construir una sociedad basada en la libertad individual, la división del trabajo, y el intercambio. Adam Smith dice que los hombres tienen una “predisposición natural” al intercambio, y que “no es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés”, dado que a pesar de que todos los miembros de la sociedad actúan buscando su propio interés y su propia ganancia, son conducidos “por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones”. Este fin es el bienestar general, o en los términos del ejemplo, la provisión de pan y cerveza.

En la sociedad de intercambio que proyectaban los filósofos políticos y economistas clásicos, el trabajo de cada uno de sus miembros debía tener valor para el resto, es decir, debía tener valor en el mercado, donde cada uno cambiaría su excedente por el excedente de los demás, aprovisionándose así de todo aquello que no producía por si mismo, y a la vez aumentando la interdependencia mutua de todos los miembros de la sociedad. El mercado y la división del trabajo son así instrumentos de orden y funcionalidad social.

Smith es el gran constructor de la sociedad de mercado. Sin embargo, para Smith el mercado a su vez debe construirse, el mercado no es algo espontáneo, no es un dato, sino todo lo contrario, es una política. La libertad de mercado y la competencia siempre están siendo amenazadas por el monopolio y la vocación de poder de los más poderosos. El buen gobernante, el arte del buen gobierno, es justamente aquel que procura la construcción de un espacio de intercambio libre, de mayor competencia, de mayor división del trabajo, ya que todo esto eleva la productividad y la riqueza de la sociedad. En este sentido, no es posible una Economía sin una Política. No es posible un mercado, sin una voluntad de procurar la competencia y evitar los monopolios, ya que lo natural no siempre es la libre competencia, sino la tendencia a la concentración del poder económico y político.

Mucho tiempo después que Smith, cuando el liberalismo político europeo de mediados del siglo XX se planteó la cuestión de cómo reconstruir la Europa de posguerra sobre las bases de la democracia y del mercado, volvió a imponerse la necesidad de una Política como condición necesaria para una Economía. El marco jurídico e institucional debía ser tal que evitara los monopolios, que procurara equilibrar el campo de juego social, el espacio de mercado. Dice Michel Foucault en El Nacimiento de la Biopolítica: “El neoliberalismo, entonces, no va a situarse bajo el signo del laissez-faire sino, por el contrario, bajo el signo de una vigilancia, una actividad, una intervención permanente”.

La política debe asegurar las condiciones mínimas indispensables para que el mercado funcione, debe desactivar las tendencias monopólicas que acechan la estabilidad social, debe poner a todos los integrantes en igualdad de condiciones para que puedan intercambiar sus potencialidades por las del resto de sus socios, porque la sociedad debe ser una asociación de individuos libres, de individuos que contribuyan a su progreso y disfruten de sus beneficios. Sin una Política que asegure esto, no es posible una Economía.

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