martes, 17 de agosto de 2010

Mercantilismo, empleo y la doctrina de los salarios altos

La argumentación a favor del proteccionismo como forma de promover la producción interna de un país, tiene su expresión más políticamente relevante en la preocupación por el empleo. Ya desde mediados del s. XV se encuentran testimonios y argumentos vertidos en folletines o leyes europeas concernientes a los efectos perjudiciales que las importaciones tenían sobre el empleo interno. Refiriéndose a industrias específicas, distintos políticos sostuvieron la necesidad de prohibir las importaciones de productos competidores con la producción local, dada la destrucción de empleos que estas importaciones causaban.

"Esta idea puede seguirse más fácilmente en la legislación inglesa, en la que se remonta, por lo menos, hasta el año 1455. En una ley parlamentaria de esta fecha se culpa a la competencia extranjera de haber causado el desempleo existente en la industria de la seda. Los extranjeros –decía el citado documento- “arruinan la industria y todas las ocupaciones de esta clase aptas para mujeres”. En una ley de 1483 se llega incluso a decir que “todos los obreros, hombres y mujeres, de la industria sedera se hallan en la miseria por falta de trabajo”, situación cuya causa se atribuye a las importaciones. Sin embargo, esta tendencia llegó a adquirir un alcance mucho mayor […] En 1467 se prohibió la exportación de hilo y de paño sin abatanar, alegándose en apoyo de esta medida que con ello se procuraría más trabajo a los tejedores y los bataneros del país, es decir, que estas trabas a la exportación de artículos a medio fabricar perseguían fines proteccionistas" (Eli Heckscher, "La Epoca Mercantilista").

Por lo tanto, la política proteccionista no sólo se preocupó de la acumulación de metales preciosos sino que también procuró promover la existencia de condiciones favorables a la producción y el empleo internos. En una declaración que recordará la tan famosa máxima keynesiana de la conveniencia en épocas de crisis de emplear desocupados para hacer pozos y luego taparlos, William Petty en 1662 decía que valdría más quemar los productos del trabajo de mil hombres que condenar a estos mil hombres a perder su capacidad de trabajo por el desempleo.

"La preocupación de multiplicar las posibilidades de trabajo tenía que desempeñar también, naturalmente, un gran papel en la teoría monetaria del mercantilismo. Podía razonarse la necesidad de importar metales preciosos, como lo hacía Malynes (1601), diciendo que con ello subirían los precios y se crearían nuevas posibilidades de trabajo. Y, al revés, cabía combatir la exportación de dinero alegando que conducía al desempleo y a la despoblación. Un autor como Cary colocaba el fomento del trabajo en el lugar central de sus consideraciones y deducía de ello el postulado de los salarios altos (1695). John Law decía (1705) que no era posible dar trabajo a más gente sin emitir más dinero. Había que disponer, por lo menos, del dinero suficiente para pagar los salarios. Y veía en este argumento, como habían visto ya otros antes que él, la justificación del mercantilismo de los billetes de banco." (Eli Heckscher, "La Epoca Mercantilista").

De este modo, para el Mercantilismo, la producción constituía un fin en si mismo, más allá de lo producido, dado que permitía emplear a la población, evitando el desempleo y la pobreza. Este será también el mensaje de uno de los textos políticos más influyentes de la época, "The Fable of the Bees, or Private Vices Publick Benefits" de Bernard de Mandeville (1705). En él, el autor postula que una sociedad no prosperaría si no fuera por el gasto de sus habitantes, y que si todos fueran ahorradores o personas austeras entonces nadie podría vender su trabajo y todos terminarían en la pobreza. Como su título lo sugiere, son los vicios privados (el gasto, no importa en qué) el factor generador del beneficio público (representado por el trabajo y el ingreso de la población).

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