martes, 17 de agosto de 2010

Mercantilismo, mercancías y dinero

La relación principal entre mercancías y dinero para el Mercantilismo se puede expresar en la formula: “miedo a las mercancías y hambre de dinero”. Es decir, se debía procurar desprenderse de los sobrantes de mercancías que podían causar caída de precios internos y desempleo, y a través de esta exportación de sobrantes obtener un superávit comercial bajo la forma de ingreso neto de dinero que aumentaba a su vez la cantidad total de dinero existente en el país, con la consecuente expansión de la producción y el empleo, lo que generaría más excedentes exportables y más ingreso de dinero. Aunque los mercantilistas eran concientes de que una gran expansión de la cantidad de dinero provocaría probablemente una subida de precios, adjudicaban un mayor peso a la idea de expandir la producción de mercancías y el empleo.

Para los mercantilistas, la política de enfatizar la importancia del superávit comercial por sobre la prohibición de exportar dinero, consistía la única forma viable de incrementar el tesoro y la cantidad de dinero de una nación:

"Para los verdaderos mercantilistas, partidarios teóricos y prácticos de la balanza de comercio, el derrame ininterrumpido de metales preciosos de España, era prueba infalible de que su política superaba a la anterior, la cual se contentaba con prohibir la exportación de metales preciosos, sin preocuparse del equilibrio de la balanza de comercio, o del superávit de exportaciones. En efecto, España seguía aferrada a la vieja política “metalista” (o “bullionista”) y por último se vio obligada a dejar que la plata fluyese de ella “como la lluvia fluye del tejado”, se vio obligada a recurrir al patrón monetario del cobre, a pesar de tener en sus manos toda la producción de plata y oro." (Eli Heckscher, "La Epoca Mercantilista")

Aunque una de las críticas más difundidas hacia los mercantilistas era la identificación de riqueza con moneda o tesoro (doctrina denominada “bullionismo” y que es justamente la crítica que les hace Adam Smith en su libro IV de la Riqueza de las Naciones) no es cierto que todos ellos aceptaran este punto de vista simple. Por ejemplo, Thomas Mun, defensor y promotor de la doctrina mercantilista de la balanza de pagos, manifestaba en su England´s Treasure by Forraign Trade que “el soberano debía reunir necesariamente un tesoro para la guerra, pero añadía que si carecía de las mercancías precisas para adquirirlas, en caso de necesidad, por su dinero, ese soberano sería tan pobre como si careciese de dinero con que comprar las necesarias mercancías. Y consecuente con esto, Mun se preguntaba ¿de qué vale, pues, el dinero sin mercancías?” y en su obra A discourse of Trade from England unto the East Indies de 1621 decía “La riqueza o la abundancia consiste en poseer las cosas necesarias para la vida civil. Esta abundancia es de dos clases: una es natural y proviene del suelo mismo, otra es artificial y depende de la laboriosidad de los habitantes”.

Otros autores muy destacados de esta época, William Petty y Charles Davenant, tampoco creían que la riqueza de una nación fuese solamente el oro y la plata del tesoro. Para Petty, creador de la Political Arithmetick, que fue tanto una obra (publicada en 1690) como todo un movimiento intelectual, la riqueza era la suma del valor de las propiedades de una nación, tanto muebles como inmuebles, lo que en términos modernos asociaríamos con el capital de una economía. Davenant, en sus Discourses of the Public Revenue de 1698, compartía esta definición de riqueza y sostenía que los países, al desarrollarse, convierten los metales preciosos en capital (“stock”) de otra clase, como barcos, edificios, muebles, etc.

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