martes, 17 de agosto de 2010

Mercantilismo, empleo y la doctrina de los salarios bajos

La gran finalidad perseguida por el Mercantilismo era lograr la mayor producción posible para su exportación, lo que implicaba respecto de la mano de obra como factor de producción la recomendación de bajos salarios para que estos no afectaran la competitividad de la producción nacional en los mercados externos. Una política de salarios bajos incentivaba las exportaciones al permitir precios competitivos de los productos exportables y por otro desincentivaba las importaciones, dado que mantenía bajo el gasto de consumo de los trabajadores y la demanda sobre bienes importados:

"Y este resultado se derivaba lógicamente de la tendencia a lograr un gran sobrante de exportación de los productos del trabajo, paro lo cual era necesario mantener bajos sus precios, y por tanto el costo de su mano de obra. El esforzarse por conseguir que la oferta de mano de obra fuese lo más abundante y su precio lo más bajo posible era una consecuencia obligada de aquella aspiración.[…] Era pues lógico que los mercantilistas aspirasen a que la población fuese lo más numerosa y lo más laboriosa posible. Y esa era, en efecto, su posición." (Eli Heckscher, "La Epoca Mercantilista")

Sin embargo, entre las reflexiones sobre cuál era la más conveniente cantidad de población de un país no faltaban argumentos contrarios a una elevada población, por considerar un exceso de población algo peligroso e insostenible. En este sentido, Josiah Child argumenta que la población es directamente proporcional a la cantidad de trabajo que pueda crear la economía:

“Nuestro pueblo será más o menos numeroso según que disponga de más o menos posibilidades de trabajo; supongamos que el Inglaterra sólo hubiese trabajo para cien personas y que fuese necesario dar de comer y vestir a ciento cincuenta: podéis estar seguros de que las cincuenta restantes tendrían que abandonar el país, morirse de hambre o acabar en la horca, si intentaban escapar a estar suerte.”

Por lo tanto, existía un delicado equilibrio entre cantidad de población y prosperidad, que se traducía en una recomendación por tratar de incrementar la población pero al mismo ritmo que se incrementaban las posibilidades de creación de empleos para esta población creciente. De este modo, si población y producción crecían armónicamente, una mayor población era sinónimo de una mayor capacidad productiva y también de una mayor riqueza de la nación.

Por su parte, las fuertes fluctuaciones de las cosechas hacían que la cantidad de población que podían alimentar los países en aquella época variara notablemente entre los buenos y los malos años. La dependencia de la agricultura todavía era muy fuerte, y el resultado de una buena o mala cosecha movía bruscamente los precios de los alimentos y el poder de compra de los salarios, por lo que en años malos la cantidad de población que no lograba contar con los medios suficientes para asegurar su alimentación podía aumentar peligrosamente. En este sentido, una política favorable al aumento de la población podía terminar siendo perjudicial para la nación, como lo manifiesta el inglés Davenant en 1699 refiriéndose al caso de Francia en donde durante casi toda la segunda mitad del s. XVII se llevaron a cabo políticas de incentivo al aumento de la población fomentadas por Colbert:

“Hay, ciertamente, países en los que el completar de un modo pleno su población podría ser peligroso y conducir, en años de cosecha mala y desfavorable, a duras crisis de hambre. Si, por ejemplo, Francia hubiese contado con el número de habitantes que el país era capaz de sostener en tiempos de cosecha normal, la mitad de ellos habría perecido por falta de pan en los últimos años de escasez”

La mayoría de los autores de este período reconocían la relación entre oferta de mano de obra y nivel de salarios, y entre nivel de salarios y precios de las manufacturas. Josiah Child por ejemplo explicaba la existencia de un mecanismo regulador entre mano de obra y salarios, por medio del cual la escasez de mano de obra elevaba los salarios, y a su vez el alza de los salarios atraía mano de obra de otras regiones, restableciendo el equilibrio (aunque por supuesto no usaban esta palabra), y viceversa cuando la mano de obra es demasiado abundante.

La fórmula mercantilista en relación a la mano de obra y las mercancías era la siguiente: “Las diferencias en cuanto a la cantidad de población tienen que determinar necesariamente diferencias correlativas en cuanto a los artículos manufacturados; una oferta abundante de hombres tiene necesariamente que traducirse también en la baratura de los salarios, lo cual conduce a su vez, a la baratura de los artículos manufacturados; allí donde los hombres escasean, los salarios no tienen más remedio que ser altos, y esto provoca forzosamente el encarecimiento de las mercancías” (Britannia Languens).

Sir William Petty, otro influyente autor de esta época, proponía la creación por parte del estado de un almacén de granos para acopiarlos en los años de buenas cosechas, con el fin de evitar que los salarios subieran, dado que manifestaba haber oído decir a los fabricantes de paños que la mano de obra se encarecía los años en los que el trigo abundaba. La idea general era que los salarios bajos motivaban el esfuerzo y la laboriosidad, mientras que los salarios altos la ociosidad, y muchas veces se ponía como ejemplo lo que había sucedido en la España de la abundancia de metales preciosos y riqueza, por ejemplo, en palabras de Colbert: “la haraganería de los españoles, hija de sus riquezas”. Thomas Mun por su parte decía que “así como la plétora y el poder hacen a las naciones viciosas y pródigas, la pobreza y la escasez hacen a los pueblos sabios y felices”. En este sentido, el contraejemplo paradigmático de España era Holanda, país que sin tierras ni recursos naturales había alcanzado un nivel de desarrollo envidiable gracias a la laboriosidad, frugalidad e ingenio comercial de su población; y Mandeville remataba en su "Essay on Charity and Charity Schools" que “para que la sociedad viva feliz y los hombres contentos en la mayor pobreza hace falta que gran número de ellos sean tan ignorantes como pobres”.

Sin embargo, algunos autores tomaron posiciones opuestas respecto a los salarios. Por ejemplo Child se manifestaba contrario a los salarios bajos, explicando que en Holanda se pagaban salarios más altos que en Inglaterra, y por esto le permitía incrementar su población con inmigrantes, concluyendo que “dondequiera que rigen salarios altos, de un modo absolutamente general y en el mundo entero, esto es una prueba infalible de la riqueza del país”. También Davenant acordaba con esta postura, diciendo que en los países pobres el tipo de interés es alto, la tierra barata y los precios de la mano de obra y otros víveres bajos. Otro de los críticos de la doctrina de los salarios bajos es Daniel Defoe, quien argumenta en su A Plan of the English Commerce (1728) que si los ingleses pretenden aumentar sus exportaciones de mercancías en base a bajos salarios, como los vigentes en China o India, terminarían por arruinar al pueblo.

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