martes, 17 de agosto de 2010

La doctrina del “hambre de mercancías”

Una de las principales políticas comerciales de los estados o ciudades europeos durante la Edad Media era la de convertirse en centros del comercio. La idea que motivaba esta política era la convicción de que allí donde existiera abundancia de oferta de bienes existiría una mayor actividad económica, menores precios, mayor consumo, y en general una mayor prosperidad.

En este sentido, la política de depósitos consistía en establecer una serie de disposiciones legales tendientes por un lado a evitar que los comerciantes locales llevasen el comercio a otros mercados, y por otro a motivar u obligar a los comerciantes extranjeros a que realizasen su comercio en la ciudad. El principio era el de evitar por todos los medios que las mercancías pasasen de largo por la ciudad, y con este fin se ponían trabas a la libertad de movimiento de las mercancías. Es contra estas disposiciones proteccionistas y restrictivas del comercio que se alzará la famosa voz librecambista de “laissez-faire, laissez-passer” (dejad hacer, dejad pasar).

Como ejemplo de estas reglamentaciones comerciales vigentes en todas las grandes ciudades europeas de la alta edad media, Heckscher describe el reglamento de depósitos de la ciudad alemana de Colonia del año 1259 en el que se disponía que la ciudad sería la frontera para el comercio en todas las direcciones: los comerciantes procedentes del este no podrían cruzar el Rin, los flamencos y brabantinos que atravesasen el Maas y otros comerciantes de la Baja Alemania debían permanecer asimismo del otro lado del Rin y no podrían navegar río arriba más allá del Rodenkirchen, y los comerciantes del sur de Alemania no podrían navegar por el Rin abajo más allá de la última torre de Colonia. Otras regiones características en proteger celosamente sus actividades comerciales y sus mercados eran las ciudades de la Hansa y las ciudades Italianas, en especial Génova y Venecia. Otro ejemplo es el de Suecia, en donde por disposición de Ordenanzas de Comercio de 1614 y 1617, sus ciudades estaban divididas en dos categorías: ciudades de depósito y ciudades interiores. Las primeras eran las únicas que tenían derecho a comerciar con el extranjero, mientras que las segundas tenían que recurrir a las ciudades de depósito tanto para importar como para exportar mercancías desde y hacia el extranjero.

El objetivo mercantilista era el de crear monopolios comerciales nacionales que proveyeran mercaderías y actividad comercial a los mercados internos y fomentar el empleo de los recursos productivos y el trabajo nacionales en la actividad comercial. Uno de los ejemplos más paradigmáticos de política comercial nacional lo constituye Inglaterra, en donde con esta política no se tendía a favorecer determinadas ciudades sino a convertir al país entero en la mayor plaza de depósitos para las mercancías más demandadas. Tal era el sentido del Old Colonial System, que habiendo nacido en España alcanzó su máximo esplendor en Inglaterra, principalmente a través de sus compañías de comercio como la East India Company

Comenta Heckscher que en una carta abierta dirigida en 1615 a la Compañía de las Indias Orientales, se expresaba la esperanza de que Inglaterra fuera en lo sucesivo el país de depósito para los productos de aquellas Indias. En 1660, con la Ley de Navegación (Navigation Act) se sentaron las bases de todo el antiguo sistema colonial británico. Según esta ley, las colonias sólo podían exportar a la metrópoli sus productos más importantes (las Enumerated Commodities), y todo el comercio exterior británico debería llevarse a cabo con naves y tripulación británica. Con la Staple Act de 1663 se establecía la misma norma para la exportación de las mercancías europeas a las colonias, con el fin expreso de “hacer de este país centro de depósito no sólo para las mercancías de las colonias, sino también para las de los demás países que estén destinadas a introducirse en las colonias”. Entre los principales motivos de estas nuevas regulaciones estaba la guerra comercial inglesa contra Holanda y su gran flota comercial, que por entonces era la mayor proveedora de servicios comerciales de Europa.

La política de abasto o abastecimiento tenía por objetivo lograr que los bienes y mercancías del comercio llegasen y fueran accesibles a la población de consumidores. Es decir, si la política de depósitos se orientaba a fortalecer y beneficiar a los comerciantes radicados en las ciudades comerciales, la política de abastos se orientaba a beneficiar a los consumidores locales. Interviniendo en el comercio se aspiraba a garantizar el abastecimiento de mercancías para el consumo interior en la mayor proporción posible.

La política de abastos se implementaba en la práctica mediante regulaciones y ordenanzas tendientes a dificultar o prohibir la exportación de bienes, principalmente de bienes de consumo (alimentos y textiles), materiales y armas de guerra, y sobre todo metal moneda, es decir, oro y plata. Por otro lado, y con el mismo fin de lograr el mayor abastecimiento interno posible, no se ponían mayores trabas a las importaciones de los bienes de consumo interno. Sin embargo, por lo general sí se establecía que el valor de las importaciones no superase al valor de las exportaciones, con el fin de no generar un desbalance desfavorable de comercio y sufrir una sangría de moneda. Como el comercio exterior estaba en manos de pocos monopolios de exportadores e importadores, las regulaciones los limitaban directamente y controlaban su actividad comercial. Por ejemplo en una reglamentación de las importaciones inglesas de vino bajo el reinado de Eduardo III, en la licencia concedida a los comerciantes de la ciudad de Bristol para llevar a cabo este comercio en el año 1364, se disponía que debería importarse vino por el mismo valor de las mercancías autorizadas para la exportación, que consistían principalmente en lana y paños.

La idea básica de la política de abastos medieval era intervenir y regular la actividad comercial (principalmente el comercio exterior) con el fin de evitar la escasez de bienes básicos en el mercado interno, ya fueran alimentos, artículos de alta demanda o metales preciosos que servían como moneda. Toda exportación de bienes (que disminuía la oferta interna) debía compensarse con una importación de bienes (que aumentara la oferta interna), y al mismo tiempo cumpliendo la restricción de que el valor del comercio fuera balanceado, es decir, no generara una pérdida de metales preciosos. Por lo general, el peso de los aranceles recaía en mayor medida sobre las exportaciones que sobre las importaciones.

Heckscher sostiene que el período más importante de la política de abastos comenzó en el transcurso del s. XII y culminó en el s. XIV, aunque la política comercial medieval continuó dominando durante mucho tiempo, hasta entrado el siglo XIX. Respecto a la política de abastos, el país más avanzado en cuanto a política comercial, Inglaterra, no declaró la libertad general de exportación de sus productos industriales hasta una ley de 1721.

Sin embargo, en el caso de los alimentos en general y los productos agrícolas en particular, la regulación y prohibición de las exportaciones continuó por bastante tiempo más en los países europeos. Por ejemplo, en Francia, el principio de la política de abastos no fue criticado hasta que lo impugnaron los fisiócratas, aunque en la práctica se mantuvo en vigencia hasta bastante más tarde. Un acuerdo del Concejo de Estado de 1754 fue la primera norma por la que se concedió la libre exportación de granos de unas provincias francesas a otras, mientras que la libertad para exportar a otros países sólo se daba en excepcionales ocasiones. Napoleón, con el fin de alejar el peligro de disturbios obreros que pudieran generarse por un aumento del precio de los alimentos producto de la exportación y la menor oferta interna, rechazó todas las recomendaciones fisiócratas de libertad de exportación de granos, llegando a decir: “El problema de los granos es para un gobernante el más importante y el más espinoso de los problemas. El primer deber del príncipe, ante este problema, consiste en marchar con el pueblo, en vez de dar oído a los sofismas de los terratenientes”.

Una de las tesis que fundamentaba la política de abastos en materia de alimentos y una política proteccionista en materia de manufacturas era la del inglés Clement Armstrong, quien publicaba en un artículo de 1530 que “el trabajo agrícola acrecienta la reserva de alimentos, el trabajo artesano la reserva de dinero”. El objetivo consistía en tener una reserva abundante tanto de alimentos como de dinero, por lo que debía implementarse la política de abastos para los productos agrícolas y la política proteccionista para las actividades artesanales o manufactureras.

Por su parte, la política proteccionista surge como antagonista de la política de abastos. Mientras que el objetivo de ambas políticas es similar, mantener la abundancia interna de bienes, los medios para conseguirlo difieren diametralmente. La política de abastos procura conseguir este objetivo promoviendo las importaciones y prohibiendo las exportaciones. Por su parte la política proteccionista abogará por promover las exportaciones y obstaculizar las importaciones.

La idea que subyace a la política proteccionista es la de que al promover las exportaciones y limitar las importaciones se promueve la producción interna; el mantenimiento de altos precios internos es la mejor forma de incentivar la producción interna. Vemos aquí una diferencia importante con la política de abastos, que procuraba mantener bajos los precios internos fomentando la sobreoferta de bienes al mercado.

Es decir, se da un cambio radical en la concepción de la política económica, guiado por un cambio en la percepción de los efectos de largo plazo de ambas políticas. Los precios bajos, aunque beneficiosos para los consumidores en un principio, terminan por desincentivar la producción interna, deteriorando la capacidad productiva futura y condenando a la economía a un deterioro creciente de su balanza de pagos y su disponibilidad de moneda (metales preciosos). Por otro lado, la política proteccionista repercutiría en principio en un aumento de los precios internos, dado que las mayores exportaciones y menores importaciones crean una caída de la oferta interna de bienes, pero a la vez incentivan a los productores locales a incrementar su producción, lo que en el futuro haría posible abastecer con creces el mercado interno.

Desde el punto de vista político, la repercusión de estos cambios es notable dado que representa en un principio una redistribución de los ingresos desde los consumidores hacia los productores, y desde los importadores hacia los exportadores. Cada uno de estos sectores sociales tenían sus voceros en aquella época (como en el presente) y la discusión entre unos y otros era intensa, lo que a su vez daba origen a mejores y más complejas argumentaciones, y a un cuerpo de “lógica económica” que iba tomando forma.

Entre los primeros escritos de esta época destaca A Discourse of Common Weal of This Realm of England, escrito aproximadamente en 1549 por John Hales, en el cual se hace debatir a un representante de cada uno de los grupos con intereses diferentes: un terrateniente, un comerciante, un artesano y un labrador, moderados por un sabio “doctor”:

El autor habla por boca del sabio y se manifiesta contrario a la prohibición de exportar cereales cuando su precio excediese de un “noble per quarter”, sosteniendo que la abolición de este precepto es lo único que puede mantener en pie el cultivo de granos. A lo cual replica el artesano: “Eso no nos place en lo más mínimo a nosotros, los artesanos, que nos vemos obligados a comprar el pan, el trigo y la malta con nuestro dinero”; la desigualdad en cuanto al régimen que se aplicaba al trigo y el que se seguía con otros artículos, es justificada por este personaje con el siguiente argumento, que se hallaba en consonancia con la concepción imperante desde hacía mucho tiempo: “Todo el mundo necesita de trigo, en cambio la necesidad de otros artículos no es tan grande”. El “doctor”, en su réplica, destacaba muy hábilmente el punto decisivo: “Precisamente por eso, y cuanto más necesario sea el trigo, con mayor cuidado deberá tratarse a quienes lo cultivan. Pues si ven que el manejo del arado no promete tanta ganancia como otra ocupación cualquiera ¿no creéis que abandonarán aquel medio de vida para dedicarse a otros más lucrativos?” Y prosigue así: “¿No os parece que, si los agricultores no se sienten más protegidos y más tentados que lo que están hoy a hacer trabajar el arado, acabarán por quedar inactivos tantos arados, que si se presenta un año de mala cosecha para el país, como suele presentarse de cada siete años uno, padeceremos no sólo carestía, sino incluso escasez de trigo y nos veremos obligados a traerlo de otra parte y a pagarlo por más de su valor?”

Esta política de protección del mercado interno, más concretamente de la producción interna, tomó forma popular bajo la expresión “miedo a las mercancías”. Esta fórmula expresaba la noción proteccionista de que los importadores se apropian de valiosos productos locales a cambio de “bagatelas” o artículos de lujo pero de poca utilidad del exterior, y se convirtió en la justificación y prejuicio más utilizado contra la libertad de comercio. Es más, no sólo se atacaba con esta lógica a las importaciones sino al consumo suntuoso y el gasto en general, considerándolo dañino para la economía; este razonamiento era muy explícito principalmente en Inglaterra:

Ya en 1463 se quejaba una ley del “dispendio excesivo, que Dios ve con muy malos ojos y empobrece al país y que, enriqueciendo a países y Estados extranjeros, arrastra a la ruina final de la economía de este país” [] En el período siguiente, hasta 1604, la legislación inglesa contra todo lo que sea lujo es muy intensa, y en ella se destaca, cada vez más marcado, el criterio mercantilista. En dos ordenanzas de 1574 y 1588, Cecil invocaba directamente la situación de la balanza de comercio para justificar sus medidas contra el lujo. Y esto no era característico de Inglaterra solamente. El cahier presentado por los comerciantes al reunirse los Estados Generales de Francia, en 1560, contenía, a modo de preámbulo, una queja acerca de los efectos del lujo sobre la moral y hablaba luego de la “gran cantidad de dinero que salía del país en forma de perfumes, guantes perfumados, encajes, etc.”

La máxima proteccionista de “dar salida a las mercancías” consistía entonces en la contratara exacta de la política de abastos, es decir, la de “dar entrada a las mercancías”. El principio de que la riqueza de una nación aumenta cuando se vende al extranjero más de lo que se le compra representa claramente la fórmula de la política económica de la época mercantilista. Esta política de vender mucho y comprar poco iba a ser lo que permitiría acumular metales preciosos a los tesoros nacionales.

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