lunes, 20 de diciembre de 2010

Economía, semiótica y hermenéutica

En un interesante artículo de 1945 titulado The use of knowledge in society, Friedrich Hayek (uno de los principales apóstoles del liberalismo político y económico del s. XX) comparó el sistema de precios de mercado con el lenguaje. Básicamente dijo que el lenguaje y el mercado son los más eficaces inventos humanos para transmitir información y conocimiento, que en esencia se encuentra desperdigado, atomizado, socialmente distribuido. Desde este punto de vista, los precios son signos que contienen información y representan conocimiento útil a la sociedad, generado a partir del funcionamiento de un mecanismo de articulación y síntesis de estas piezas de conocimiento: el mercado.

Pero dado que el mercado como el lenguaje son inventos, entonces hay una sociedad que los construyó, más aún son construcciones sociales caracterizadas por tener significado convencional, es decir, tienen significado en cuanto hay un acuerdo social que les asigna ese significado. Por otro lado, este significado del precio o la palabra sólo se entiende o tiene sentido dentro de un juego de diferencias y oposiciones entre todos los demás precios y todas las demás palabras; es este sistema de diferencias y oposiciones, con sus reglas de composición y su estructura de funcionamiento, lo que les da sentido.

El descubrimiento de la semejanza entre lengua y mercado, palabras y precios, y lingüística y economía, es originario del suizo Ferdinand de Saussure, padre de la lingüística estructural. De Saussure intuyó, a partir del análisis del equilibrio general de los mercados de León Walras, que el funcionamiento de la lengua era similar al funcionamiento de los mercados. Así como los precios se forman y adquieren su significado en el marco de un sistema económico de valores, el mercado, las palabras también surgen y significan en tanto componentes de un sistema de significación, la lengua.

Pero la idea fuerte de esta concepción del mercado y de la lengua, la idea-ruptura, es que entonces se desnaturaliza tanto al mercado como a la lengua. De Saussure rompe con la idea de que existe una comunión o lazo natural entre las palabras y las cosas. De la misma manera, concebir al mercado como invención y no como fenómeno natural, rompe con la idea fundadora de la economía científica que pretendieron los fisiócratas, la noción de orden natural. Ni la lengua es natural ni el mercado es natural, sino que son construcciones sociales cuyo significado y funcionamiento hay que buscarlos en el mundo social. Idea que por primera vez expuso Karl Marx para la relación entre cosas y valores, con su explicación del fetichismo de la mercancía: “lo que aquí reviste, a los ojos de los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre objetos materiales no es más que una relación social concreta establecida entre los mismos hombres.”

Entonces, si no hay una naturaleza u origen natural de la lengua y del mercado, podemos al menos imaginar como posibles, formas alternativas de construir sistemas de transmisión y articulación social de las ideas, los conocimientos y los valores. Lo más interesante de esta concepción de la Economía como Semiótica es que da pie a la superación de la tradicional oposición entre Economía y utopía, y abre el camino para plantear un despliegue epistemológico desde el modelo de una ciencia económica al modelo de una hermenéutica económica. Las preguntas que hace la hermenéutica están relacionadas con la comprensión de las acciones humanas más que con su explicación causal. Preguntar por ejemplo ¿en qué contexto se dice lo que se dice? ¿Con qué motivos? ¿Cuáles son las subjetividades en juego? ¿Cuál es el sentido de lo que se hace o dice? permite indagar más allá de la validez empírica o lógica de las teorías económicas y sociales, permite indagar acerca de los sujetos y las sociedades que las crean y legitiman, que las incorporan al saber, al discurso y al sentido común de una época.

Esta tradición interpretativista de la Economía se inicia con la llamada Escuela Histórica Alemana, cuyo exponente más conocido es Max Weber, pero que también integraron entre otros Wilhelm Roscher (1817-1894), Gustav Schmoller (1838-1917), Georg Simmel (1858-1918), Ferdinand Tönnies (1855-1936) y Werner Sombart (1863-1941).

sábado, 23 de octubre de 2010

El buen padre de familia y la frugalidad fiscal

La idea de ahorro, de prudencia en el gasto, y de austeridad es una reminiscencia de la moral cívica victoriana, de una época en la que se sermoneaba que la austeridad era la base de la fortuna y de la buena conducta, una moral que podemos rastrear hasta la Reforma de Lutero, y que dio pie a que Max Weber relacionara el surgimiento del Capitalismo con la ética del Protestantismo.

Más allá de que en los hechos ninguna de las grandes fortunas europeas de los siglos XVIII y XIX se formó en base al ahorro y la moral protestante (sino más bien a la especulación, la usura, las guerras, el colonialismo y el saqueo) la austeridad constituía una parábola del buen ciudadano, y como lo que era bueno para una familia debía ser bueno para un Estado (¿o un Estado no es otra cosa que un conjunto de familias?), la mayoría de los filósofos políticos de la época desarrollaron en su imaginario una visión del Estado y del buen gobierno semejante a una austera familia luterana guiada por un buen padre (…en lo posible pastor).

Uno de los pocos “intelectuales” que se atrevió a cuestionar esta idea fue Bernard de Mandeville, quien con su pintoresca y extraña obra La fábula de las abejas (subtitulada “sobre los vicios privados y los beneficios públicos”) puso furiosos a varios de los más eminentes moralistas y filósofos políticos del siglo XVIII. Mandeville tuvo la ocurrencia de argumentar que si todos los buenos padres de familia de una sociedad fueran devotos de la austeridad y el ahorro, entonces nadie realizaría el gasto que genera el empleo que permite el ingreso en que se basa el ahorro. Por lo tanto, una sociedad basada en el precepto de la frugalidad sería una sociedad condenada al desempleo y la pobreza, mientras que una sociedad de derrochadores y viciosos del gasto al menos daría empleo suficiente a sus integrantes.

Más allá de los padres de familia, las abejas y los vicios, lo que en realidad se debatía era la forma en que debía organizarse y administrarse una sociedad y un Estado modernos, es decir, un ordenamiento basado en las leyes de la Naturaleza y no en las leyes de Dios. De estas reflexiones y debates surgirían las dos grandes disciplinas intelectuales propias de la modernidad: la Economía Política y la Sociología; la primera como gran proyecto de ciencia positiva del progreso de la humanidad y la segunda como gran crítica de los resultados de ese proyecto.

La idea de la frugalidad como motor del progreso y del padre de familia como ejemplo del buen gobierno son dos de las tantas ideas que se filtrarían en el pensamiento económico tradicional y en las políticas económicas de los ministros de hacienda, mientras que por mucho tiempo la incómoda provocación de Mandeville sólo encontraría lugar en las corrientes marginales del pensamiento económico.

Sería la catástrofe del 30 la encargada de resucitarla, y nada menos que de la mano (o la palabra) de un converso John Maynard Keynes, quien diría que uno de los grandes problemas de las sociedades capitalistas es la falta de inversión, o lo que es casi lo mismo, el exceso de ahorro, más aun en los momentos en que menos se lo necesita. Si un gobierno ante una crisis económica optara por comportarse como el precavido padre de familia ahorrador, lejos de hacer lo correcto, lo que lograría sería profundizar la debacle. Sin embargo, si un padre de familia pierde ingresos porque queda desempleado, no parecería correcto que siguiese gastando. Es decir, aquella vieja idea de que lo que es bueno para una familia debe ser también bueno para un Estado, pareciera entonces no ser tan buena idea. Pero esto entonces obliga a plantearse y replantearse cuáles son y deberían ser las metáforas con las que construir una nueva visión de la sociedad y de su gobierno.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Raul Prebisch y el Pensamiento Económico Latinoamericano

Los años pre-cepalinos

Aunque es a partir de 1950, y a través de su trabajo en representación de organismos internacionales, como la CEPAL y la UNCTAD, cuando la figura y las ideas de Prebisch toman plena divulgación mundial, mucho antes de esa fecha ya se destacaba como académico y economista político.


Formación académica y participación en el gobierno argentino. La creación del Banco
Central y el reconocimiento internacional


Prebisch estudia primero, y da clases después, en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires. Allí se destaca como alumno y como docente1. A pesar de su intensa vida universitaria, participa frecuentemente en organismos públicos del gobierno como asesor y funcionario. En 1935 participa en la fundacion del Banco Central de la República Argentina (primer banco central latinoamericano) del cual es nombrado Director General. A partir del buen desempeño de dicha entidad, en especial durante el manejo de la política de estabilización luego de la crisis de 1938, Prebisch pasa a ser el economista latinoamericano más reconocido de la época. Aunque durante este período van cristalizándose sus originales y desafiantes ideas acerca del desarrollo económico y las relaciones internacionales de comercio y producción, su política económica no se aleja de los cánones dictados por la teoría económica convencional.

Será cuando abandone la función pública en nuestro país2 y se dedique de lleno a la investigación en el ámbito de la CEPAL, cuando sus más brillantes ideas emerjan como un sistema teórico bien articulado, y adquieran la resonancia que las ha caracterizado y que las ha mantenido en el debate de la ciencia y la política económicas ininterrumpidamente.


La formación de la CEPAL y las primeras manifestaciones de las ideas de Prebisch

A comienzos de 1948, las Naciones Unidas crearon la Comisión Económica para la América Latina (CEPAL), fijando su sede en la capital de Chile, país autor de la propuesta y que mucho se empeñó en su aprobación3. Prebisch fue al poco tiempo designado consultor y se le encargó realizar un informe sobre la situación económica de América Latina.

“Pasado un mes hizo circular un primer texto [...]. Era una exposición de sus ideas sobre los desequilibrios de las balanzas de pago, que analizaba a partir de la abundancia de oro, o sea, de la acumulación y pérdida de reservas de la economía dominante, a la cual llamaba de “centro principal”. A partir de ella se derivaban los principios de una política anticíclica para los países “periféricos”, como denominaba a los latinoamericanos. En conexión con los problemas del desequilibrio externo, exponía lo que denominaba “límites de industrialización”, introduciendo consideraciones sobre la inflación y las políticas de control de cambios.” (Furtado, 1988, pag.52)

De esta manera su “sistema” iba tomando articulación y difusión, al tiempo que otorgaba una legitimación teórica para una nueva política económica latinoamericana:

“El lenguaje era el de un manifiesto que convocaba a los países latinoamericanos para que siguieran la política de industrialización [...] El punto de partida era un grito de guerra: “La realidad está destruyendo en América Latina aquel viejo sistema de división internacional del trabajo [...] que seguía prevaleciendo doctrinariamente hasta hace muy poco tiempo.” El ataque al orden internacional existente y a sus ideólogos era directo: [en ese orden] “no cabía la industrialización de los países nuevos”. Reconocía que nosotros los latinoamericanos estábamos lejos de la “correcta interpretación teórica” de la realidad, pero ya sabíamos que para obtenerla necesitábamos abandonar la “óptica de los centros mundiales” [...] “una de las fallas más serias que padece la teoría económica general, contemplada desde la periferia, es su falso sentido de
universalidad”” (Furtado, 1988, pag.53)

Era evidente la necesidad de repensar algunas cuestiones que parecían bien asentadas en teoría económica, sin embargo:

“El texto no comportaba propiamente una crítica a la teoría clásica (o neoclásica) del comercio internacional. Su objeto de ataque era el sistema real de división internacional del trabajo, que venía conduciendo históricamente a la concentración de la renta en beneficio de los centros industrializados. Se afirmaba que la legitimidad de ese sistema se fundaba en la tesis de que los frutos del progreso técnico tendían a “repartirse con ecuanimidad” entre los países que participaban del intercambio. Pero ahí los datos estaban demostrando lo contrario, porque los términos del intercambio evolucionaban persistentemente en desmedro de los países de la periferia.” (Furtado, 1988, pag.53)

Estas ideas comenzaron a ser pulidas y expuestas en el ámbito de las conferencias anuales de las Naciones Unidas. Iniciaron de inmediato un intenso debate entre los economistas teóricos y prácticos del “centro” y la “periferia”, incluso la continuación de la CEPAL fue puesta en jaque por intereses adversos. Aunque de elevado contenido y consistencia teóricos, recién en el año 1959 las ideas de Prebisch fueron presentadas formalmente al mundo académico internacional en un artículo titulado “Comercial Policy in the Underdeveloped Countries” publicado por The American Economic Review en su volumen 49 (mayo de 1959).


Prebisch y la Teoría del Desarrollo Económico


El contexto histórico en el cual surge la problemática del desarrollo

Como sostiene la mayoría de los historiadores del pensamiento económico, las teorías económicas nacen motivadas por la problemática propia de cada época histórica. El caso de las teorías del desarrollo económico no es la excepción. Ciertamente podemos encontrar la mayor parte de los esfuerzos intelectuales orientados a tratar la problemática del desarrollo económico entre los años 1940 y 1970. Entre los trabajos de mayor divulgación encontramos a los siguientes: Teoría del Desarrollo Económico, de W. Arthur Lewis (1955), La Estrategia del Desarrollo Económico, de A. Hirschman (1958), La Planeación del Desarrollo, de J. Tinbergen (1958), Las Etapas del Crecimiento Económico, de W. Rostow (1960), Revolución Industrial y Subdesarrollo, de P. Bairoch, (1963), entre otros muchos. Veamos entonces cuáles eran los principales sucesos que inspiraban la teoría económica en aquella época.

En este sentido, el punto más relevante era el cambio que las guerras mundiales habían ocasionado sobre el sistema internacional de división del trabajo. Desde la Revolución Industrial y hasta la Primera Guerra Mundial, el comercio internacional estaba articulado alrededor del Reino Unido, que funcionaba como centro productor y exportador de manufacturas y demandante e importador de productos primarios. En este contexto, los países productores de materias primas crecían al ritmo del crecimiento de Inglaterra, país que contaba con un elevado coeficiente de importaciones en su estructura productiva.

Ahora bien, este esquema de división internacional del trabajo entra en crisis y colapsa con las dos guerras mundiales, que desplazan el centro de la economía mundial hacia los Estados Unidos y destruyen a las economías europeas, incluida la del Reino Unido. El problema para los países productores de materias primas era que el nuevo centro económico, es decir, la economía con demanda suficiente como para absorber la producción mundial, era tanto productor y exportador de manufacturas (a semejanza del anterior centro) como también un eficiente productor de bienes primarios, fenómeno que repercutía en menor demanda para los países especializados en la producción de materias primas y alimentos, como todos los países latinoamericanos.

De esta manera, la armonía rectora del sistema de comercio internacional de preguerras es destruida y los países que anteriormente no tenían problemas en colocar toda su producción en los mercados ingleses y europeos, ahora se encontraban con la competencia directa del mayor demandante potencial y con una importante caída en los precios internacionales de los bienes que exportaban, dada la contracción de la demanda internacional.

Los países latinoamericanos sufrieron en este período importantes desequilibrios externos, disminución de la producción, y elevado desempleo, ya que la anterior demanda de trabajo en los sectores exportadores se encontraba estancada o en franco retroceso. Asimismo, estos países vieron lo vulnerables que podían ser ante cambios ocurridos en los grandes mercados externos y tomaron conciencia de la simplicidad y precariedad de su estructura económica (tengamos en cuenta que la mayoría de estos países dependía para su subsistencia de monocultivos o de cierto tipo de materia prima como son el café en el caso de Brasil, el cobre en el de Chile o el té en la India, tal era el nivel de especialización que había imperado)

El repentino reconocimiento del escaso desarrollo económico de los países productores de bienes primarios despertó entonces el interés de la teoría y la práctica económica por interrogarse acerca de cuáles eran los mecanismos responsables de que ciertos países se desarrollaran económicamente y otros no lo hicieran, y en todo caso presentar medidas de política económica para resolver este problema. En este sentido Prebisch fue uno de los primeros y más lúcidos intérpretes de la problemática del subdesarrollo y de las medidas económicas y políticas necesarias para superarlo.


Los requerimientos económicos para el desarrollo

El requerimiento principal para lograr un crecimiento económico sostenido es la acumulación de capital, es decir, la inversión productiva del excedente económico. Prebisch identifica aquí el mayor impedimento al desarrollo de los países periféricos, debido a que el excedente económico de los mismos no es suficiente para lograr la escala de inversión necesaria. En este aspecto se revelan dos males: primero, la baja tasa de ahorro interno de la economía, debido principalmente a la elevada concentración en la distribución del ingreso nacional; y segundo, la caída tendencial de los precios internacionales de los bienes exportados por estos países, con la consecuente disminución del poder de compra de bienes de capital importados.


El sistema centro-periferia

Con el fin de analizar la dinámica económica de los países subdesarrollados, a la que considera completamente dependiente de las relaciones comerciales con los países desarrollados, Prebisch construye un modelo dialéctico conformado por el centro (países industrializados y de elevado ingreso nacional) y la periferia (países con escasa o nula industrialización, dependientes de exportaciones de materias primas y de bajo ingreso nacional). Como afirma L. Di Marco en su análisis de la evolución del pensamiento de Prebisch:

“Lo primero que hay que caracterizar es el marco institucional en que se pretende juegue la teoría. Así, la de Prebisch parte de la existencia de una disparidad entre el crecimiento económico nacional de los países avanzados (el centro en su terminología) y aquel que se da en los países que aun se están desarrollando (la periferia). Las economías de los primeros se automantienen a través del progreso tecnológico, en tanto que las economías periféricas desempeñan el papel de suministradores de materias primas para los centros industriales.” (Di Marco, 1974)

Esta dualidad encuentra justificación en el argumento de que una importante causa del atraso de los países periféricos se encuentra justamente en las relaciones comerciales con el centro del sistema económico mundial. Por un lado, pues las decisiones de mayor o menor protección o apertura en las economías centrales impactan fuertemente sobre el nivel de actividad de la periferia, por otro, pues la evidencia empírica demuestra que históricamente los precios del comercio exterior tienden a deteriorarse para los países exportadores de bienes primarios.

“Es interesante insistir sobre los rasgos salientes de los dos tipos de sistemas. Así, las características de las áreas centrales son: su habilidad para retener sus propios incrementos de productividad y distribuir las ganancias entre todos sus miembros (en la forma de salarios y beneficios más elevados); su habilidad para ahorrar aproximadamente el 15 por ciento del ingreso nacional, ahorro utilizado para generar nuevo capital; su habilidad para reducir las horas activas de la clase trabajadora; su habilidad para mantener un siempre creciente gasto público para beneficio comunitario. Las regiones periféricas, en cambio, están caracterizadas por niveles de consumo que superan los resultados de su producción; por tener una baja capacidad de ahorro (alrededor del 5 por ciento); están, en consecuencia, sujetas a los problemas derivados de cualquier fluctuación proveniente del funcionamiento más o menos competitivo del mercado internacional de capitales. Hay que destacar también que las reducidas ganancias van a manos de unos pocos privilegiados, los cuales, en la mayoría de los casos, no las reinvierten productivamente o envían sus ingresos al extranjero” (Di Marco, 1974)


Factores estructurales que estrangulan el desarrollo

Según Prebisch, los países periféricos enfrentan varios problemas de índole estructural que impiden su progreso económico. Los obstáculos identificados provienen tanto de características propias de estos países como también de factores originados en sus relaciones económicas con el resto del mundo. De esta manera, es necesario buscar las causas del subdesarrollo tanto en factores internos como externos, ya que ambos se combinan para estrangular el crecimiento.


Los factores internos


1) La absorción improductiva de mano de obra, el desempleo estructural y la concentración del ingreso

Una de las primeras barreras que se interponen al normal desenvolvimiento económico de la periferia reside en la insuficiencia del crecimiento de la actividad secundaria para absorber la mano de obra desplazada de la agricultura. En efecto,

“Hay aquí un doble fenómeno que explicar: el desplazamiento de gente del campo hacia las ciudades y la forma precaria en que allí se absorbe. Las razones del desplazamiento son conocidas. La demanda de productos primarios crece menos que la de productos industriales, conforme aumenta la demanda general por habitante. En la experiencia reciente del conjunto de América Latina por cada uno por ciento de aumento en la demanda general, la demanda agrícola crecía sólo en 0,5 por ciento en tanto en la industrial lo hacía en 1,4 aproximadamente.” (Prebisch, 1963, pág. 28)

El problema surge debido a que la demanda de trabajo de las actividades productivas no primarias no aumenta tan velozmente, a causa de la escasa incorporación de capital y del uso de tecnologías importadas, diseñadas con la finalidad de economizar trabajo (factor escaso en los países centrales) en el proceso productivo.

En este mecanismo, Prebisch identifica el primer circulo vicioso que conduce al estancamiento en el subdesarrollo, a saber: la escasez de absorción de mano de obra en las actividades productivas no primarias se debe a la escasez de incorporación de capital en la producción, hecho que a su vez es causado por la baja tasa de ahorro y de inversión de la economía, siendo este fenómeno efecto de la inadecuada distribución del ingreso producto del elevado desempleo. Es decir, el desempleo y la baja productividad del trabajo son al mismo tiempo causa y efecto de si mismos.


2) La incapacidad de producción interna de bienes de capital y la necesidad de cooperación internacional

El segundo problema que se presenta es la falta de industrias productoras de bienes de capital en los países periféricos. Así, aunque eventualmente sea posible aumentar la tasa de ahorro interna con la finalidad de dedicar recursos a la inversión, la única posibilidad de aumentar el stock de capital es, al menos durante una etapa inicial de desarrollo, importar bienes de capital desde los países centrales. Sin embargo, como veremos a continuación, existen ciertos factores externos que impiden el flujo de divisas necesario para importar los bienes de capital. En este contexto, Prebisch sostiene que es imprescindible la ayuda externa para lograr el desarrollo, ya que:

“...en las circunstancias presentes, América Latina no podría acelerar su tasa de crecimiento sin cooperación exterior. Se requiere la aportación temporal de recursos internacionales, hasta que la sustitución de importaciones y el aumento de las exportaciones vaya permitiendo el empleo interno y externo del mayor ahorro que se obtenga por la compresión del consumo.” (Prebisch, 1963, pág. 38)

Los factores externos


1) La elevada elasticidad ingreso de la demanda de manufacturas con relación a la demanda de bienes primarios y el deterioro secular de los términos de intercambio para los países periféricos

Una de las primeras tesis propuestas por Prebisch es la relativa a la disparidad en el crecimiento de la demanda de bienes manufacturados respecto de la demanda de bienes primarios. La evidencia empírica por él analizada le permitía sostener la proposición de que, como regla general, al aumentar el ingreso de los países aumenta más que proporcionalmente la demanda de bienes manufacturados, siendo la demanda de bienes primarios bastante inelástica respecto del ingreso. Como resultado de esto, los precios de los productos exportados por los países periféricos (bienes primarios) tienden históricamente a caer respecto de los precios de los productos que importan (bienes manufacturados), deteriorándose de este modo los términos de intercambio, o dicho de otro modo, el poder de compra de las exportaciones:

“En última instancia, la presión sobre los precios de las exportaciones y la correspondiente tendencia hacia el deterioro en los términos de intercambio en el proceso de crecimiento de los países periféricos sujeto al libre juego de las fuerzas del mercado es el resultado de disparidades en la elasticidad ingreso de la demanda y la forma desigual en la cual el progreso técnico se ha dispersado en la economía mundial, ocasionando grandes disparidades en las densidades tecnológicas” (Prebisch, 1959)

La adversidad del deterioro secular en los precios relativos del comercio internacional impacta entonces en dos dimensiones: por un lado restringe aun más las posibilidades de importación de bienes de capital necesarios para el aumento de la productividad y el ingreso nacional, por otro, crea una presión al desequilibrio externo en la medida en que al país aumenta la demanda de bienes manufacturados al aumentar su nivel de vida. De este modo, Prebisch argumenta que el esquema de comercio internacional al cual están sujetos los países periféricos, basado en la exportación de materias primas y la importación de manufacturas, termina por estrangular los intentos por elevar las tasas de crecimiento de estos países. Al respecto afirma que:

“Es cierto que al fin ha terminado por aceptarse la industrialización periférica como exigencia ineludible del desarrollo económico. Pero subsiste el esquema anacrónico de intercambio inherente a ese concepto peculiar de la división internacional del trabajo que prevalecía hasta hace poco: el intercambio de productos primarios por manufacturas. Dentro de ese esquema ha venido desenvolviéndose la industrialización de nuestros países. Y ahora comienza a sentirse con creciente intensidad el obstáculo que ello trae al desarrollo económico, porque la demanda de manufacturas que importamos tiende a elevarse con celeridad, las exportaciones primarias se acrecientan con relativa lentitud, en gran parte por razones ajenas a los países latinoamericanos. Hay pues, una tendencia latente al desequilibrio que se agudiza con la intensificación del desarrollo económico” (Prebisch, 1963, pág. 7)

y agrega:

“El estrangulamiento exterior del desarrollo no es consecuencia sólo de la lentitud con que tienden a crecer las exportaciones primarias frente a la celeridad con que lo hacen las importaciones industriales provenientes de los grandes centros, y del escaso intercambio recíproco de los países latinoamericanos, sino que en los últimos años obedece también en gran medida al deterioro de la relación de precios del intercambio, que tanto afecta al poder de compra de las exportaciones. Como resultado de todo ello, el valor de las exportaciones por habitante latinoamericano ha bajado de 58 dólares en 1930 a 39 dólares en 1960 (a precios de 1950.”(Prebisch, 1963, pág. 9)


2) El creciente proteccionismo en los mercados centrales

Al margen de la ley empírica sobre la elasticidad-ingreso de la demanda de bienes y la tendencia secular al deterioro de los términos de intercambio, está produciéndose en la economía mundial de la época una tendencia al proteccionismo de los mercados nacionales en los países centrales. Europa se encuentra en una etapa de reindustrialización basada en el desarrollo de su mercado interno y la construcción de un bloque de libre comercio continental, mientras que los Estados Unidos siempre han tenido un coeficiente de importaciones relativamente bajo junto a políticas de protección de la industria local y apoyo a los productores agrícolas. Es este marco, la perspectiva de un crecimiento basado en la dinámica exportadora ciertamente parecía complicado para los países periféricos:

“Las exportaciones de América Latina están afectadas desde luego, por ese fenómeno universal de lento crecimiento de la demanda de productos primarios comparada con la intensa demanda de manufacturas conforme crece el ingreso por habitante. Pero a ese hecho se agregan otros factores de considerable importancia. Por un lado, el ritmo moderado de crecimiento de la economía de los Estados Unidos y sus restricciones de importación han influido en forma adversa sobre las exportaciones latinoamericanas. Y, por otro, el proteccionismo y las discriminaciones del mercado común europeo impiden que podamos aprovechar plenamente el crecimiento sostenido de la demanda de productos primarios en la vasta zona económica de aquél.” (Prebisch, 1963, pág. 8)


La tesis del círculo vicioso del subdesarrollo y la industrialización como solución al Estancamiento

Todas estas consideraciones confluían en la idea de que el subdesarrollo consistía en un estado de equilibrio, del cual no era posible escapar por medio de las fuerzas del libre mercado. El problema requería entonces comprender el funcionamiento del mecanismo que lo causaba y emprender luego las acciones necesarias para vencer la inercia. De lo contrario, los países periféricos continuarían en su estado de subdesarrollo, agravado por el hecho de que aumentaría constantemente la brecha que los separaba de los centrales, ya que estos ya se encontraban sobre un sendero de crecimiento estable.

Frente a esta evolución de la economía mundial, Prebisch sostenía que lo único que los países periféricos podían hacer para salir de su atraso relativo, era encarar por sí mismo un proceso de industrialización de sus economías basado en el desarrollo del mercado interno de cada país y en la constitución de mercados comunes entre ellos.

La industrialización era el único proceso que podría contrarrestar la constante presión que el desarrollo ejercía sobre la balanza de pagos, al abastecer la demanda de manufacturas con producción nacional, sustituyendo las importaciones y liberando divisas para la adquisición de bienes de capital y tecnología:

“La sustitución de importaciones (definida aquí como un incremento en la proporción de bienes que es ofrecida por fuentes domésticas y no necesariamente como una reducción en la razón importaciones-ingreso total) es la única manera de corregir los efectos sobre el crecimiento periférico de las disparidades en las elasticidades del comercio exterior.” (Prebisch, 1959)
y a continuación expone el siguiente ejemplo numérico:

“Asumiendo que la tasa de crecimiento del ingreso en el centro es de 3 por ciento al año y que la elasticidad-ingreso de la demanda de importaciones de bienes primarios es 0,80 y que no hay sustitución de importaciones, entonces la tasa de crecimiento de estas importaciones será 2,40 por ciento (3 por ciento x 0,80 por ciento) por año. Supongamos ahora que en la periferia la elasticidad-ingreso de la demanda de bienes industriales del centro es 1,30. Si, en un proceso de desarrollo balanceado, la tasa de crecimiento de estas importaciones no debe ser mayor que la de las exportaciones, entonces el ingreso de la periferia no puede crecer más que 1,84 por ciento al año. Esta es la tasa que, combinada con el coeficiente de elasticidad, da el límite de crecimiento de las importaciones – es decir, una tasa de 2,40 por ciento, la misma que para las exportaciones.” (Prebisch, 1959)

Comienzan a esclarecerse así las limitaciones que encuentra la periferia para elevar su tasa de crecimiento al nivel de la de los países centrales. Por consiguiente resulta necesario tomar medidas tendientes a la sustitución de importaciones:

“Si el ingreso de la periferia creciera a una tasa, digamos, similar a la de 3 por ciento del centro, su demanda de importaciones de productos industriales crecería a una tasa de 3,9 por ciento (3 por ciento x 1,3 por ciento) mientras que las exportaciones de bienes primarios crecerían sólo a la tasa de 2,40 por ciento. Para cerrar la brecha entre estas dos tasas, o bien la tasa de crecimiento de la demanda de importaciones debería caer en 1,5 por ciento por medio de la sustitución de importaciones, o exportaciones industriales deberían ser añadidas a las de bienes primarios, o una combinación de ambas cosas.” (Prebisch, 1959)

Asimismo, la industrialización era la única vía de absorber la creciente proporción de mano de obra desempleada, elevar el ingreso nacional, el ahorro interno, la inversión y la productividad del trabajo, y mejorar de este modo la distribución de la renta y el nivel de vida de la población.

El problema entonces era lograr el adecuado balance entre la demanda de importaciones de bienes de capital, necesarios para desarrollar la industria nacional que sustituyera las importaciones de bienes manufacturados de consumo, y las divisas disponibles, inicialmente provenientes de los sectores exportadores de materias primas. La solución propuesta por Prebisch era la protección de la industria naciente preferentemente mediante impuestos a las importaciones de bienes de consumo y subsidios a la producción de manufacturas domésticas. En este sentido, el argumento proteccionista basado en la industria naciente había sido propuesto ya en 1791 por A. Hamilton en los Estados Unidos, en 1848 por J. Stuart Mill en Inglaterra y en 1856 por F. List en Alemania.

Sin embargo, Prebisch insistentemente sostiene que la industrialización sustitutiva de importaciones no debe ser el fin del proceso de desarrollo, por en contrario, es necesario procurar un estado tal de la industria que esta termine por poder competir con la de los países avanzados con el objetivo de lograr un buen desempeño exportador:

“Ante todo es necesario crear una conciencia exportadora. Por razones que ya se han explicado, la industrialización se ha basado casi exclusivamente en la sustitución de importaciones; no hay conflicto alguno entre ello y el fomento de las exportaciones. Industrias que empiezan por atender necesidades del mercado nacional a medida que van adquiriendo experiencia y aptitudes, pueden extender sus actividades a mercados de exportación. En general, sin embargo, las actividades más intensas de sustitución de importaciones son las que se han llevado a cabo en el campo de las industrias ligeras, y esta es precisamente la esfera donde la demanda es menos activa en los países desarrollados y donde es menor la sensibilidad a las exportaciones de bajo costo. Sin renunciar en modo alguno a la esperanza de que los países desarrollados puedan facilitar progresivamente el acceso a sus mercados de los productos de esas industrias ligeras, los países en desarrollo deben procurar, además, aprovechar las múltiples oportunidades que se ofrecen en campos donde la demanda es más dinámica.” (Prebisch, 1964, pag. 90)


La necesidad de planificación

El desarrollo económico no se da espontáneamente, bajo el libre juego de las fuerzas del mercado. Todo lo contrario, vimos que sin intervención, los países periféricos quedan atrapados en la “trampa de subdesarrollo”. Es necesario entonces encarar concientemente un proceso de planeación de las inversiones necesarias para elevar la productividad y el ingreso de la economía, y para encontrar el balance apropiado entre los escasos recursos disponibles (las divisas para adquirir los bienes de capital) y las necesidades de inversión:

“No había necesidad de discurrir ante la opinión pública acerca del desarrollo cuando este se cumplía por su propio impulso en la evolución capitalista. El problema de la acumulación de capital no tenía por qué dilucidarse allí, si se resolvía espontáneamente. Este es sin duda el problema primordial del desarrollo latinoamericano. Admitido que haya que tomar medidas muy firmes para aumentar el caudal de ahorro, habrá que asegurar también que los recursos así obtenidos se dediquen efectivamente al acrecentamiento del capital y a que este capital se oriente a conseguir los objetivos del plan de desarrollo” (Prebisch, 1963, pág. 17)

Sin embargo, Prebisch es consciente tanto de la dificultad que esto implica como de lo inexorable de su ejecución:

“Todo esto demuestra que el designio de influir sobre las fuerzas del desarrollo es de muy vastas dimensiones en tiempo y en extensión. No sólo exige la transformación de estructuras, sino también mudanzas de actitudes, de modos de ver y de formas de actuar. ¿Pero se conseguirán las mudanzas en nuestros países? Preguntárselo entraña con frecuencia un sentido de escepticismo que desalienta la acción. Hay que empeñarse ineludiblemente en hacerlo, porque no hay otra solución. No hay solución por las solas fuerzas del mercado, la inversión privada extranjera y el Estado prescindente” (Prebisch, 1963, pág. 19)


La necesidad de integración económica de los países latinoamericanos

Una de las conclusiones más resaltadas por Prebisch era justamente la necesidad que tenían los países periféricos de crear espacios de comercio común. De esta manera podrían desarrollar sus industrias mutuamente aprovechando la escala de mercados internos expandidos, y encontrar cierta protección frente a la competencia de la industria adulta de los países centrales. No es casual que los primeros intentos de constituir un área de libre comercio e integración económica para América Latina estén influidos y asesorados por organismos como la CEPAL.

“En ese módulo pretérito de intercambio internacional que se ha comentado en otro lugar [se refiere al viejo sistema de división internacional del trabajo]9 los países latinoamericanos convergían y siguen convergiendo hacia los grandes centros, con muy escasa comunicación entre ellos, salvo en el limitado intercambio de algunos productos primarios. La industrialización se ha venido desarrollando en compartimentos estancos, según la frase consabida, y el mercado común se impone como otro de los medios conducentes a la corrección de la tendencia hacia el estrangulamiento exterior y promover la economicidad de aquel proceso industrializador” (Prebisch, 1963, pág. 107)


Prebisch y la Escuela Estructuralista Latinoamericana

Raúl Prebisch sin duda fue uno de los economistas más originales, influyentes y reconocidos internacionalmente de América Latina. Supo conjugar la excelencia académica y teórica con la fuerza y convicción de la praxis de sus ideas sobre política económica. La originalidad de su enfoque sobre los problemas del desarrollo lo han transformado en el padre intelectual de la Escuela Estructuralista Latinoamericana, acaso la única expresión autóctona sobre teoría económica. Junto a él destacan las figuras del brasileño Celso Furtado y del chileno Osvaldo Sunkel.

Sin embargo, fue también colega de economistas como Hans Singer (con quien comparte la autoría de la actualmente conocida Tesis de Singer-Prebisch, sobre elasticidades ingreso de demanda y términos de intercambio), Hollis Chenery o Gunnar Myrdal, entre otros importantes exponentes de la Teoría del Desarrollo Económico. Prebisch ocupa, por tanto, un lugar destacado en casi medio siglo de historia del pensamiento económico.


Biografía de Raul Prebisch

Raúl Prebisch nació en la ciudad de Tucumán el 17 de abril de 1901. Se graduó en
Economía en la Universidad de Buenos Aires en 1923. Fue profesor de Economía Política en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA desde 1925 a 1946. Desde 1925 a 1927 fue subdirector de la Dirección de Estadísticas, y desde 1927 a 1930, director de Investigaciones Económicas en el Banco de la Nación Argentina. Fue Subsecretario de Hacienda y Agricultura entre 1933 y 1935. Asimismo, fue uno de los fundadores y primer Director General del Banco Central de la República Argentina (1935-1943). Luego de su retiro del Banco Central, Prebisch se dedicó a la investigación y a la tarea universitaria entre los años 1943 y 1948. Asesora la formación y administración de varios Bancos Centrales de América Latina. En 1950 fue designado Secretario Ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas (CEPAL), organismo en el cual se encontraba desde 1948. Renunció a dicho cargo en 1963. En ese año es designado Secretario General de la Conferencia sobre Comercio y Desarrollo de las Naciones Unidas (UNCTAD). Murió en 1986.


Referencias

Di Marco, L. (1974): “La Evolución del Pensamiento Económico de Prebisch”, publicado en Economía Internacional y Desarrollo: Estudios en Honor de Raúl Prebisch, ed. L. Di Marco, Buenos Aires, Ediciones Depalma, 1974.

Furtado, C. (1988): La Fantasía Organizada, Buenos Aires, EUDEBA, 1988.

González, N. (2001): “Las Ideas Motrices de Tres Procesos de Industrialización”, Revista de la CEPAL, Nro. 75, Diciembre de 2001.

Prebisch, R. (1959): “Comercial Policy in the Underdeveloped Countries”, The American Economic Review, Volúmen 49, Mayo de 1959.

________ (1963): Hacia una Dinámica del Desarrollo Latinoamericano, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1963.

________ (1964): Nueva Política Comercial para el Desarrollo, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1964.

________ (1985): “La Periferia Latinoamericana en la Crisis Global del Capitalismo”, Anales de la Asociación Argentina de Economía Política, 1985:1, 7-58.

viernes, 10 de septiembre de 2010

¿Es posible una Economia sin una Política?

Los economistas clásicos del siglo XVIII buscaban responder a la cuestión de si era posible construir una sociedad basada en la libertad individual, la división del trabajo, y el intercambio. Adam Smith dice que los hombres tienen una “predisposición natural” al intercambio, y que “no es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés”, dado que a pesar de que todos los miembros de la sociedad actúan buscando su propio interés y su propia ganancia, son conducidos “por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones”. Este fin es el bienestar general, o en los términos del ejemplo, la provisión de pan y cerveza.

En la sociedad de intercambio que proyectaban los filósofos políticos y economistas clásicos, el trabajo de cada uno de sus miembros debía tener valor para el resto, es decir, debía tener valor en el mercado, donde cada uno cambiaría su excedente por el excedente de los demás, aprovisionándose así de todo aquello que no producía por si mismo, y a la vez aumentando la interdependencia mutua de todos los miembros de la sociedad. El mercado y la división del trabajo son así instrumentos de orden y funcionalidad social.

Smith es el gran constructor de la sociedad de mercado. Sin embargo, para Smith el mercado a su vez debe construirse, el mercado no es algo espontáneo, no es un dato, sino todo lo contrario, es una política. La libertad de mercado y la competencia siempre están siendo amenazadas por el monopolio y la vocación de poder de los más poderosos. El buen gobernante, el arte del buen gobierno, es justamente aquel que procura la construcción de un espacio de intercambio libre, de mayor competencia, de mayor división del trabajo, ya que todo esto eleva la productividad y la riqueza de la sociedad. En este sentido, no es posible una Economía sin una Política. No es posible un mercado, sin una voluntad de procurar la competencia y evitar los monopolios, ya que lo natural no siempre es la libre competencia, sino la tendencia a la concentración del poder económico y político.

Mucho tiempo después que Smith, cuando el liberalismo político europeo de mediados del siglo XX se planteó la cuestión de cómo reconstruir la Europa de posguerra sobre las bases de la democracia y del mercado, volvió a imponerse la necesidad de una Política como condición necesaria para una Economía. El marco jurídico e institucional debía ser tal que evitara los monopolios, que procurara equilibrar el campo de juego social, el espacio de mercado. Dice Michel Foucault en El Nacimiento de la Biopolítica: “El neoliberalismo, entonces, no va a situarse bajo el signo del laissez-faire sino, por el contrario, bajo el signo de una vigilancia, una actividad, una intervención permanente”.

La política debe asegurar las condiciones mínimas indispensables para que el mercado funcione, debe desactivar las tendencias monopólicas que acechan la estabilidad social, debe poner a todos los integrantes en igualdad de condiciones para que puedan intercambiar sus potencialidades por las del resto de sus socios, porque la sociedad debe ser una asociación de individuos libres, de individuos que contribuyan a su progreso y disfruten de sus beneficios. Sin una Política que asegure esto, no es posible una Economía.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Sincronía y Diacronía en Economía

En El Nacimiento de la Biopolitica, Michel Foucault desliza la idea de que en realidad, dos corrientes de pensamiento económico en principio opuestas, como lo fueron la Economía pura y la Economía histórica durante la segunda mitad del s. XIX, fueron complementarias, en el sentido de que intentaron analizar el fenómeno del capitalismo desde dos ópticas u objetivos diferentes. Mientras que la primera estudió su consistencia interna y sus leyes de composición, la segunda se ocupó de su génesis y de sus leyes de evolución. Implícita en esta tesis de Foucault, se encuentran los rasgos de la metodología estructuralista del análisis de la lingüística de de Saussure y de la antropología de Levi-Strauss. Desde este punto de vista, los historicistas realizaron un estudio diacrónico del capitalismo moderno, mientras que los marginalistas uno sincrónico, y por ello ambas corrientes de pensamiento deben considerarse como complementarias y no como excluyentes. La finalidad de este trabajo es analizar con más detalle la tesis de Foucault y buscar los elementos de complemento y de oposición de ambas aproximaciones a los fenómenos económicos.


1. LA TESIS DE FOUCAULT

Michel Foucault afirma en El Nacimiento de la Biopolítica que, durante el siglo XIX hubo para los economistas dos grandes problemas, por una parte el de “demostrar que la lógica propiamente económica del capitalismo, esa lógica del mercado competitivo, era posible y no contradictoria”, y por otra parte “demostrar que, como esa lógica era en sí misma no contradictoria y por lo tanto confiable, había en las formas concretas, reales, históricas del capitalismo, un conjunto de relaciones jurídico-económicas que eran de tal manera que se podía, por la invención de un nuevo funcionamiento institucional, superar efectos –contradicciones, callejones sin salida, irracionalidades— característicos de la sociedad capitalista y que no se debían a la lógica del capitalismo, sino simplemente a una figura precisa y particular de ese complejo económico-jurídico.”

Desde este punto de vista, “si los economistas de la época –como Walras, Marshall, Wicksell y todos los que los siguieron— atribuyeron tanta importancia a la teoría de la competencia, era porque se trataba de determinar si el mecanismo formal del mercado competitivo era o no contradictorio, y asimismo de ver en qué medida ese mecanismo competitivo conducía o no a fenómenos capaces de anularlo, a saber, el monopolio”. Y aparte de esto, “además tenemos el paquete completo, digamos weberiano, de problemas de la historia y la sociología económicas, que no es sino el otro aspecto, la contrapartida de la primera cuestión, y que consiste en saber si en efecto se puede identificar en la historia del capitalismo un conjunto económico institucional que pueda dar cuenta de su singularidad, de la mezcla de racionalidad e irracionalidad que se constata. Hacer por lo tanto, la historia de la ética protestante por un lado, y hacer la teoría pura de la competencia eran dos aspectos diferentes o dos maneras complementarias entre sí de plantear e intentar resolver en cierto modo el interrogante de si el capitalismo podía o no sobrevivir.”

De esta manera Foucault sugiere que no es correcto pensar en términos de exclusión a los proyecto de investigación de lo que podemos llamar una economía pura y una economía histórica, sino que se los debe pensar en términos de complementariedad. Desde el punto de vista de la historia intelectual de la economía se las debe ver como dos maneras de plantear la complejidad de un fenómeno multidimensional como es el problema del funcionamiento del sistema capitalista y la sociedad de mercado.


2. LO SINCRÓNICO Y LO DIACRÓNICO EN LA METODOLOGÍA ESTRUCTURALISTA

Esta forma de entender la complejidad de los sistemas sociales es planteada originalmente por la lingüística de de Saussure y de Trubetzkoy, y postulada como una metodología general para las ciencias sociales por Levi-Strauss en Antropología estructural y El Pensamiento Salvaje.

En su Curso de Lingüística General, Ferdinand de Saussure, afirma que la dualidad entre el análisis temporal o histórico y el análisis estático o de los estados fijos, se impone imperiosamente tanto a la Lingüística como a la Economía, ya que la Economía Política y la Historia Económica constituyen dos disciplinas netamente separadas en el seno de una misma ciencia. Esto obedece, según sus palabras, a una “necesidad interior”, pues tanto en la Lingüística como en Economía Política, “estamos ante la noción de valor; en las dos ciencias se trata de un sistema de equivalencia entre cosas de órdenes diferentes: en una, un trabajo y un salario, en la otra, un significado y un significante.”

Para dar cuenta de esta dualidad y realizar un análisis completo, debe procederse entonces a situar las cosas estudiadas en dos ejes: un eje de simultaneidades, “que concierne a las relaciones entre cosas coexistentes, de donde está excluida toda intervención del tiempo”, y un eje de sucesiones, “en el cual nunca se puede considerar más que una cosa cada vez, pero donde están situadas todas las cosas del primer eje con sus cambios respectivos” , y no se podrá organizar una investigación de manera rigurosa si no se tiene en cuenta el sistema de valores considerados en sí y esos mismos valores considerados en función del tiempo. Entonces de Saussure define en el caso de la Lingüística, a la lingüística sincrónica y a la lingüística diacrónica: “Es sincrónico todo lo que se refiere al aspecto estático de nuestra ciencia, y diacrónico todo lo que se relaciona con sus evoluciones. Del mismo modo sincronía y diacronía designarán respectivamente un estado de la lengua y una fase de evolución”

Tenemos entonces en el juego de las relaciones de los objetos sociales, dos tipos de orden o de mecanismos de regulación, uno que podríamos llamar las leyes de composición, es decir, aquellas relaciones que mantienen unido al sistema, que le dan coherencia interna, y las leyes de evolución, es decir, la forma en que el sistema como un todo cambia en el tiempo, la manera en que evoluciona.

De Saussure concluye que “la lengua es un sistema en el que todas las partes pueden y deben considerarse en su totalidad sincrónica. Como las alteraciones jamás se hacen sobre el bloque del sistema, sino sobre uno u otro de sus elementos, no se pueden estudiar más que fuera del sistema. Sin duda, cada alteración tiene su repercusión en el sistema, pero el hecho inicial ha afectado a un punto solamente; no hay relación íntima alguna con las consecuencias que se pueden derivar para el conjunto. Esta diferencia de naturaleza entre términos sucesivos y términos coexistentes, entre hechos parciales y hechos referentes al sistema, impide hacer de unos y otros la materia de una sola ciencia.”

Para de Saussure, existe una relativa independencia de las leyes de equilibrio con relación a las de desarrollo. “Cada cambio fonético, cualquiera que sea por lo demás su extensión, está limitado a un tiempo y a un territorio determinados; ninguno se produce en todo tiempo y lugar; los cambios no existen más que diacrónicamente” . Es decir, los cambios son hechos fortuitos, individuales, no tienen carácter general, no revelan la intención de cambiar el sistema. Mientras que “el fenómeno sincrónico nada tiene en común con el diacrónico”, ya que es una relación necesaria entre elementos simultáneos, una relación que opera dentro de un sistema de reglas. Es decir, existe en la lengua como en los demás sistemas sociales, una yuxtaposición entre azar y necesidad, entre lo fortuito y lo necesario, entre lo contingente y lo estructural. Y mientras que en el plano sincrónico lo que domina es lo estructural, en el plano diacrónico lo que domina es lo contingente. Desde este punto de vista, no tiene sentido pensar la evolución como una necesidad, como una teleología, sino todo lo contrario, la evolución es en gran parte consecuencia de sucesivas acomodaciones y reacomodaciones del sistema a cambios circunstanciales de tiempo y lugar.

De este modo, de Saussure define las dos partes de la lingüística, “la lingüística sincrónica se ocupará de las relaciones lógicas y psicológicas que unen términos coexistentes y que forman sistema, tal como aparecen a la conciencia colectiva; la lingüística diacrónica estudiará por el contrario las relaciones que unen términos sucesivos no percibidos por una misma conciencia colectiva, y que se reemplazan unos a otros sin formar sistema entre sí.”

Levi-Strauss por su parte, afirma que “el sociólogo se encuentra en una situación formalmente semejante a la del lingüista fonólogo: como los fonemas, los términos de parentesco son elementos de significación, como ellos, adquieren esta significación sólo a condición de integrarse en sistemas; los “sistemas de parentesco”, como los “sistemas fonológicos” son elaborados por el espíritu en el plano del pensamiento inconsciente” .

La idea de concebir a los fonemas o a los términos de parentesco como objetos de significación elaborados en el plano no-consciente y puestos en un sistema de relaciones que les da esa significación es isomorfa a la idea de concebir a los precios o a las relaciones de producción como las significaciones del sistema económico.

Para toda una corriente de pensamiento económico que podemos identificar con la dupla Walras-Hayek, los precios son los elementos de significación del sistema de producción capitalista, y adquieren su significación en tanto indicadores de relaciones entre las condiciones de oferta y demanda de todos los mercados, siendo el resultado inintencionado de las acciones de sus participantes. Por otro lado, y en contraposición a esta tradición, podemos identificar una aproximación histórico-institucional a la economía, entre cuyos representantes podemos destacar la dupla Marx-Weber, y para la cual los elementos de significación de la economía deben buscarse en un plano histórico-social. La tradición Walras-Hayek es la tradición del enfoque sincrónico de la economía, mientras que la tradición Marx-Weber es la del enfoque diacrónico.


3. EL ANÁLISIS SINCRÓNICO Y DIACRÓNICO DEL CAPITALISMO O DEL SISTEMA DE ECONOMÍA DE MERCADO

Retomando la tesis de Foucault, podemos comprender ahora en que se basa. Su argumento es un argumento estructuralista. Para él, la economía pura, la economía walrasiana del equilibrio general, es la aproximación sincrónica a la cuestión del capitalismo, mientras que la economía histórica, la weberiana o incluso en algún sentido la marxista, es la aproximación diacrónica.

El mundo económico es un complejo de relaciones, de interacciones reguladas por leyes de composición, de carácter necesario, pero también es un complejo de circunstancias históricas concretas y fortuitas, de carácter impredecible. En este sentido es en el que entiende el proyecto de economistas puros e históricos del siglo XIX de estudiar tanto el equilibrio general, la lógica interna del sistema de mercado, como las particularidades surgidas en su devenir histórico.

Quisiera analizar ahora desde la utilización de estas ideas a dos figuras y dos interpretaciones de la realidad económica, y ver en qué sentido se ajustan a estas categorías: son las interpretaciones de Hayek y de Marx.

Cuando Hayek dice que el sistema de precios es un sistema de información , está haciendo el más explícito análisis sincrónico que se haya hecho en Economía. Para Hayek, el sistema de precios funciona en el sentido que debe funcionar un buen sistema de información, un buen lenguaje. Los precios son las manifestaciones de la interacción de infinidad de situaciones fortuitas, Hayek las llama “condiciones de tiempo y lugar”, que a pesar de ser desconocidas para la mayoría de los actores que intervienen en el mercado, el sistema de precios funciona de tal manera que incorpora en los precios a estos cambios fortuitos. Entonces, no importa preocuparse por entender o explicar la naturaleza de estos cambios porque son en si inaprensibles, inaccesibles para el público en general e incluso para cualquier gobernante o planificador, son cambios en gustos, en tecnologías, en disponibilidades de recursos, en expectativas, etc. Lo que sí es necesario que funcione, y que funcione sin distorsiones ni intervenciones, es el sistema de precios de mercado, es decir, de libertad de precios, que opere la competencia entre productores y consumidores a todos los niveles del mercado, y esto asegurará que los cambios que acontezcan en las situaciones fortuitas e imprevisibles sean tenidos en cuenta, a través de los precios, en las decisiones de todos los participantes del mercado. Si cambian las condiciones de producción del pan frente al vino, entonces el mercado se encargará de transmitir este acontecimiento a toda la sociedad, para que cada individuo tome sus decisiones teniendo esto en cuenta.

Por lo tanto, tenemos en el análisis de Hayek que todo el interés recae sobre la sincronía, el mecanismo de funcionamiento del sistema de precios de mercado, mientras que lo histórico, lo diacrónico no tiene interés, no interesa ni el origen ni el devenir del capitalismo, el capitalismo es lo que es, y el mercado es pasado, presente y futuro. El sistema de precios es un sistema de significación, los precios de mercado no son arbitrarios, sino que son el resultado necesario del funcionamiento de un sistema, en donde se expresan la oferta y la demanda de todos los bienes; el precio de cada bien está en relación con el precio de todos los demás bienes. Los precios relativos resumen información sobre las condiciones de abundancia y escasez, de gustos y tecnología. Los precios de mercado señalan la forma en que deben tomarse las mejores decisiones de consumo y producción, es más, inducen a esa toma de decisiones.

Marx, en cambio, lo que busca es justamente analizar el porqué del devenir del capitalismo como sistema de economía social, las razones de su origen y evolución. Entonces, para Marx, los cambios ya no serán cosas fortuitas, sino que serán su objeto de estudio. Analizará y tratará de explicar cuales fueron los cambios tecnológicos, culturales, sociales, etc. que dieron origen a que el mercado sea lo que es, a que el capitalismo exista en tanto capitalismo . En este sentido, Marx es el mejor representante del análisis diacrónico. Lo que Marx se pregunta es de dónde viene y hacia dónde va este capitalismo que hoy existe, cuáles son sus leyes de movimiento, más allá de cómo funcione el mercado de los tomates y cuál sea la relación entre los precios de los paños y del vino. Para Marx, lo que importa no son los precios, sino lo que dio y sigue dando origen a esos precios, es decir, las relaciones de producción .

Entonces tenemos en Marx tres afirmaciones, 1) el capitalismo tuvo un origen a partir del cual se conformó, al menos idealmente, el sistema de precios de mercado a partir de una configuración de nuevas relaciones de producción y de clase, la llamada “acumulación originaria”; 2) el capitalismo está teniendo una evolución, de acuerdo a ciertas leyes de movimiento (como por ejemplo la tendencia decreciente de la tasa de ganancia); y 3) el capitalismo tendrá un final, que será cuando no puedan seguir operando las fuerzas que lo mantienen vivo. Sin embargo, para Marx los hechos diacrónicos no son para nada fortuitos, sino por el contrario, son producto del desenvolvimiento necesario del sistema. En Marx no existe la noción de accidente o circunstancia histórica, en él todo el peso de la necesidad está puesto en plano diacrónico, mientras que lo circunstancial, lo transitorio, es el mundo de las relaciones sincrónicas. La significación del mercado no son sus precios. La significación del mercado debe buscarse en las condiciones que lo hacen posible, los precios no son más que meros reflejos de relaciones de propiedad y de producción. Si el mercado es un sistema de significación, lo es sólo en tanto producto histórico de una determinada configuración de relaciones de poder.


4. ¿ES POSIBLE UNA VISIÓN PANCRÓNICA?

De Saussure afirma que a pesar de que “la verdad sincrónica parece ser la negación de la verdad diacrónica, y viendo las cosas superficialmente, se le ocurrirá a alguien que hay que elegir entre ambas; de hecho no es necesario, cada verdad subsiste sin excluir a la otra.” Y concluye que “como estos dos órdenes de fenómenos se encuentran por todas partes estrechamente ligados entre sí, condicionando el uno al otro, se acaba por creer que no vale la pena distinguirlos; de hecho la lingüística los ha confundido durante decenios sin percatarse de que su método no era válido”

Cuando Schumpeter (quizá el mejor nexo por muchos motivos entre las duplas Walras-Hayek y Marx-Weber) abre la segunda parte de su libro Capitalismo, Socialismo y Democracia, con la pregunta ¿Puede sobrevivir el capitalismo? está planteando la necesidad de comprender el fenómeno del capitalismo en toda su complejidad sincrónica y diacrónica. “El análisis, ya sea económico o verse sobre otras disciplinas, nunca puede dar lugar más que a una exposición acerca de las tendencias existentes en un modelo que ha sido objeto de observación. Y estas no nos dicen nunca lo que sucederá al modelo, sino solamente lo que le sucedería si continuasen actuando lo mismo que habrían actuado durante el intervalo de tiempo abarcado por nuestra observación y si no entraran en juego otros factores. Inevitabilidad o necesidad no pueden significar nunca más que eso.”

Una visión pancrónica de la economía debería intentar el proyecto de yuxtaponer el análisis sincrónico y el análisis diacrónico, incorporando en las explicaciones de la economía pura o de las leyes de composición el devenir evolutivo propio del análisis histórico, y en este último, los elementos del análisis de equilibrio de la economía pura. Desde este punto de vista, tanto la estructura como la evolución deben formar parte de un análisis pancrónico, y en ese cruce debe buscarse la explicación completa de la significación de las relaciones que caracterizan al mundo económico.


BIBLIOGRAFIA

Foucault, Michel. Nacimiento de la Biopolítica. Fondo de Cultura Económica. 2007
Hayek, Friedrich. "Economics and Knowledge", Economica, 1937
Hayek, Friedrich. "The Use of Knowledge in Society", American Economic Review, 1945
Levi-Strauss, Claude. El Pensamiento Salvaje. Fondo de Cultura Económica. 1964
Levi-Strauss, Claude. Antropología Estructural. Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1968
Marx, Karl. El Capital. Fondo de Cultura Económica. 1946
Saussure, Ferdinand de. Curso de Lingüística General. Editorial Losada. 2002
Schumpeter, Joseph. Capitalismo, Socialismo y Democracia. Editorial Aguilar, 1963.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Notas sobre la Economía Política clásica. I

Para la Filosofía Política moderna, la cuestión del origen de la sociedad y la cuestión de la armonía de su funcionamiento son los dos aspectos indisociables de una misma investigación, el análisis de la Naturaleza Humana.

Este análisis pretendía ser científico, al estilo de la filosofía natural o experimental y la matemática, para otorgar un fundamento sólido e indiscutible a la sociedad, para pensar el fundamento de una sociedad humana.

“Desde el siglo XVII empieza a afirmarse que hay que pensar la institución y el funcionamiento de la sociedad a partir de las pasiones del hombre y no pese a ellas. En consecuencia, la política no es nada más que un arte combinatoria de las pasiones. Su objeto es componer las pasiones de modo tal que la sociedad pueda funcionar.” (Rosanvallon, Pierre, El capitalismo utópico, pag. 24)

“A fines del siglo XVIII el mercado se presenta como la respuesta global a las preguntas que las teorías del pacto social no podían resolver de manera totalmente satisfactoria y operatoria”. (Rosanvallon, Pierre, El capitalismo utópico, pag. 25)

Adam Smith será el GRAN CONSTRUCTOR del MERCADO

1) La división del trabajo es el motor de la prosperidad

2) La división del trabajo es producto de y produce una sociedad de intercambio, integrada por individuos con propensión al intercambio.

3) La sociedad no se mantiene gracias a la solidaridad sino al interés propio

4) La competencia entre los miembros de la sociedad por satisfacer sus intereses lleva a una situación que es buena para la sociedad en su conjunto.

5) Siempre y cuando exista esta competencia.

6) Un buen gobierno, es entonces, aquel que favorece la competencia y el libre comercio y lucha contra los monopolios, es aquel que construye y preserva el mercado.

7) Porque la extensión del mercado está ligada positivamente a la división del trabajo y por ende a la prosperidad y la riqueza de una nación.


La desterritorialización de la Economía

La tradición mercantilista se basaba en el postulado de la coincidencia entre el espacio económico y el territorio político. El territorio era al mismo tiempo el instrumento de la potencia y la medida de la riqueza.

La territorialización del mundo occidental había tenido lugar con la emergencia de los Estado-Nación, y expresaba una forma de emancipación de lo político frente a lo religioso (El poder político de la Iglesia).

Los fisiócratas, al concebir a la agricultura como única fuente de riqueza, también quedan atrapados en un análisis territorial de la economía.

Arthur Young dirá, en Aritmética Política, que “el comercio ha hecho de Holanda una potencia mucho más temible que varios otros estados que poseen un territorio más extenso y más rico”. También Hume, Galiani, y otros critican la idea de asociar mayor riqueza con mayor territorio.

Para Smith, el espacio económico no está dado geográficamente como lo está el territorio, sino que se construye. En esta perspectiva se comprende su concepto de extensión del mercado. Critica la “ilusión colonial” como una política que tiene más costos que beneficios; las colonias deben emanciparse y dar lugar a nuevos Estados que comercien en un mercado global, en donde la división internacional del trabajo organice la producción y el comercio mundiales.

Adam Smith le devuelve su apertura al mundo occidental, anunciando el borramiento de la figura transitoria del Estado-nacion. El mercader va a ser la figura característica de este nuevo cosmopolitismo, ya que, según Smith, “un mercader no es necesariamente ciudadano de ningún país en particular, le resulta indiferente el sitio donde tiene instalado su comercio, y el más pequeño disgusto basta para que se decida a llevar su capital de un país a otro, y con el toda la industria que ese capital ponía en actividad”.

Sin embargo, el principal objetivo de Smith es el de articular el espacio económico intranacional, a partir del comercio interior, principalmente entre la ciudad y el campo. Ve en el intercambio entre los habitantes de la ciudad y el campo el elemento motor y originario de la división del trabajo. Más que por la balanza de comercio internacional, Smith se preocupa por la balanza ciudad / campo y por la balanza producto anual / consumo anual. El mercado externo no puede ser más que un complemento y una prolongación de un mercado interior ya estructurado.

Dice Rosanvallon, pag 97, “No se puede comprender al liberalismo como una suerte de producto ideológico de la extensión del comercio internacional. Por el contrario, acompaña a la constitución de verdaderos mercados interiores en los diferentes países europeos. En efecto, en el siglo XVIII el comercio exterior no hace más que crecer, no cambio verdaderamente de naturaleza, mientras que el comercio interior se transforma profundamente y colma verdaderamente a la nación que se configura así de un modo progresivo como una verdadera sociedad de mercado” (Es la época de la inversión en canales navegables interiores, en caminos y luego en ferrocarriles)”

“El liberalismo es una reconstrucción de la sociedad a partir del mecanismo del intercambio y de la división del trabajo. Reducir el liberalismo a la reivindicación del mercado libre es no comprenderlo. La representación liberal del hombre y de la sociedad primero encuentra su origen en su concepción del intercambio económico como estructurante de la realidad social. El mercado libre no es más que una consecuencia”

La Teoría de la Probabilidad y la medición de lo individual

Retomemos aquellas palabras finales del prólogo de Petty a su Political Arithmetick, donde menciona que el estudio de las pasiones humanas y los deseos no son para él más predecibles que la tirada de un dado. Lo curioso de esta frase es que, en el mismo momento en que Petty hace esta comparación, no muy lejos de él, en la Francia de Pascal y Fermat , nacía motivada por la investigación de los juegos de azar (en particular las tiradas de dados) la teoría de la probabilidad. Y justamente sería la teoría de la probabilidad la que motivaría una explicación racional de la conducta individual, de las “mutables e impredecibles pasiones del hombre”. Y más aún, esta nueva teoría, estaría también fundamentada, como su Aritmética Política, en “números, pesos y medidas” con “bases visibles en la naturaleza”.

Según se cuenta, la teoría moderna de la probabilidad nace cuando “el caballero de Méré, un hombre de mente penetrante, simultáneamente jugador y filósofo, dio a los matemáticos una apertura oportuna al plantear algunas preguntas acerca de las apuestas, a fin de descubrir qué valor tenía una apuesta si el juego era interrumpido en determinada etapa de su transcurso. Consiguió que su amigo Pascal se ocupase del tema. El problema se hizo bien conocido y llevó a Huygens a escribir una monografía De Aleae. Otros hombres ilustrados tomaron el tema. Se fijaron algunos axiomas. El pensionario De Witt los usó en un pequeño libro sobre pensiones anuales, impreso en Holanda”

Lo interesante del surgimiento de la teoría de la probabilidad es que permitió construir un esquema analítico y lógico para estudiar la forma en que los individuos toman sus decisiones. En cierto sentido, la teoría de la probabilidad iba a intentar estudiar el movimiento de las pasiones, aquello que Petty había dejado en manos de otros hombres. Nace así la posibilidad de acceder al mundo del individuo, a la forma en que éste piensa y toma sus decisiones. Entonces por un lado tendremos todo un esquema de análisis de lo macro, de lo agregado, de lo social, y por el otro, un análisis de lo micro, lo puntual, lo individual. De alguna manera, estos dos mundos tendrían que estar relacionados, vinculados por leyes de composición que explicaran como ir de uno al otro, como conocer a partir de lo individual lo social, y a partir de lo social lo individual.

Uno de los principales aportes a las bases de este nuevo conocimiento para las ciencias sociales en general y la economía en particular, vino de la mente de Daniel Bernoulli. Daniel había sido consultado por su primo Nicolaus acerca de un paradójico caso del mundo de las apuestas, la formulación era la siguiente: un jugador tiene que pagar una cierta cantidad de ducados para participar en un juego que realiza lanzamientos sucesivos de una moneda hasta que salga cara por primera vez; entonces se detiene el juego, se cuenta el número de los lanzamientos realizados, y el apostador obtiene 2^n ducados; de forma que si resulta cara el primer lanzamiento recibe 2^1 = 2, si resulta cara en el segundo recibe 2^2 = 4, y así sucesivamente; la pregunta para Daniel era ¿cuánto estaría dispuesto a apostar inicialmente el jugador? y la paradoja resultaba del hecho de que a pesar de que la expectativa de ganancia de este juego es infinita, ningún jugador estaba dispuesto a apostar más que algunos ducados por participar. En este problema se planteaba claramente una conexión entre la incertidumbre y las “pasiones” o motivaciones individuales.

Daniel, dio su respuesta en un artículo escrito en 1732 y publicado en 1738 por la Academia Imperial de Ciencias de Petersburgo , donde él trabajaba como matemático, titulado Specimen Theoriae Novae de Mensura Sortis . En este articulo, Daniel no sólo explica la paradoja planteada por su primo, sino que postula por primera vez la teoría de la utilidad esperada. La razón de que un jugador no esté dispuesto a apostar una suma infinita por el juego es que “en ausencia de lo inusual, la utilidad resultante de un pequeño incremento de la riqueza será inversamente proporcional a la cantidad de bienes previamente poseídos; considerando la naturaleza del hombre, me parece que la hipótesis anterior es válida para mucha gente a la cual este tipo de comparaciones puede ser aplicada” Es decir, la utilidad del dinero es decreciente, por lo tanto cuando se tiene poco dinero, el riesgo de perderlo en la apuesta puede generar una pérdida muy alta en términos de utilidad comparada con la utilidad de la expectativa de ganancia, por lo que una persona normal no estaría dispuesta a apostar una cantidad muy alta en este juego. Bernoulli también nos dice que sus resultados concuerdan perfectamente con las conductas que se observa en los comerciantes y gente de negocios, cuando se enfrentan con decisiones de inversión en situaciones de riesgo.

A partir de la idea de utilidad de Bernoulli, y de su conexión con el riesgo y el ingreso de los individuos, comenzó a ser posible pensar una teoría microeconómica experimental, que tuviera como objetivo estudiar la forma en que hombres racionales, el modelo de hombre-mercader de la Economía clásica, toman sus decisiones. El azaroso e impenetrable mundo de las pasiones individuales comenzaba a esclarecerse al pensamiento científico moderno.

Quedaría en manos del Marginalismo del siglo XIX, de economistas como Cournot, Walras, Menger, Jevons y Pareto, seguir los pasos iniciados por Bernoulli, derivar las ecuaciones de intercambio en función de la utilidad, y posteriormente analizar la posibilidad de un equilibrio general de todas estas ecuaciones individuales. A partir de lo microeconómico se intentaría derivar lo macroeconómico.

La Aritmética Política y la medición de lo social

Cuando John Graunt y William Petty descubrieron a mediados de siglo XVII, al confeccionar las tablas de mortalidad del Reino Unido, que año tras año los porcentajes de causales de muerte eran relativamente constantes entre la población británica , no sólo dieron origen a la demografía moderna, sino que mostraron la posibilidad de constituir una ciencia de las “leyes naturales” que regulan a las sociedades.

En ese momento, la Filosofía política se planteaba el problema de poder explicar la constitución y la organización de la sociedad moderna no como una “institución divina” sino como una construcción humana. Entonces, el objetivo de investigar la “naturaleza humana” se volvió central para dar cuenta de la posibilidad teórica y practica de un tipo moderno de sociedad, basada en individuos movidos por sus pasiones y por su interés propio.

El proyecto de la Fisiocracia y de la Economía clásica no era otro que el de analizar la posibilidad de una sociedad de intercambio, constituida por hombres propensos al comercio que demandaban la ampliación del mercado y la libertad de comerciar. Adam Smith nos dirá que “no es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés” . Sin embargo, a pesar de que todos los miembros de la sociedad actúan buscando su propio interés y buscando su propia ganancia, son conducidos “por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones”, pero lejos de ser malo para la sociedad, este hecho promueve el interés social “de una manera más efectiva que si esto entrara en sus designios” . Es decir, a pesar de lo paradójico que pudiera parecer, no había contradicción en deducir de una “naturaleza humana” egoísta la posibilidad de un orden social.

La cuestión era entonces la de entender empíricamente tanto las motivaciones humanas como el producto social que ellas generan, buscar las “leyes naturales” que explican el comportamiento individual y el comportamiento social, buscar la “naturalización” del hombre y de la sociedad. Pero, ¿sería posible que el errático, imprevisible y pasional comportamiento individual diera origen a “leyes naturales”? Efectivamente era posible, según lo habían demostrado Graunt y Petty con su Aritmética Política. David Hume dirá en sus Essays que “lo que depende de unas pocas personas debe ser en gran medida adjudicado al azar o a causas secretas y desconocidas. Lo que resulta de un gran número puede usualmente ser explicado por causas determinadas y conocidas.”

Con la Aritmética Política surgía entonces la posibilidad de estudiar las “leyes naturales” que mueven a las sociedades y las economías como un todo, más allá de las pasiones individuales. Diría Petty: “el método que utilizo todavía no es muy común, pues en lugar de emplear solamente términos en comparativo y en superlativo y argumentos puramente racionales, he adoptado un método consistente en expresarme en términos de números, pesos y medidas: en servirme únicamente de argumentos conferidos por los sentidos y en considerar solo las causas que tienen bases visibles en la naturaleza; dejo a la consideración de los otros los argumentos que dependen de las ideas, de las opiniones, de los deseos, de las pasiones variables de los individuos; declarándome incapaz de hablar satisfactoriamente sobre estos temas, como predecir la tirada de un dado” .

William Petty, será el primero en pensar y desarrollar una macroeconomía, intentando contabilizar la riqueza de un Estado a partir de la cantidad de trabajo, tierra y capital y vinculando estas magnitudes agregadas con su producto anual y los recursos fiscales. Sin embargo, la finalidad de la Aritmética política era sumamente pragmática, el conocimiento importaba en tanto fuente de poder del soberano. “En consecuencia, se concibe a la estadística como un medio de gobierno: es la base esencial de toda verdadera política fiscal. En efecto, Petty, Vauban o Boisguilbert desarrollan sus cálculos con una finalidad fiscal. Quieren mostrarle al soberano que su reino es más rico que lo que parece”

Diderot definirá en la Enciclopédie a la Aritmética Política como “aquella cuyas operaciones tienen la finalidad de hacer búsquedas útiles para el arte de gobernar a los pueblos, como las de la cantidad de hombres que viven en el país; la cantidad de alimentos que deben consumir; el trabajo que pueden hacer, el tiempo que tienen para vivir; la fertilidad de las tierras; la frecuencia de los naufragios, etc. […] Un ministro hábil sacaría de todo ello una multitud de consecuencias para el perfeccionamiento de la agricultura, para el comercio interior y exterior, para las colonias, para las políticas de cambio y el empleo del dinero, etcétera.”

Considerada en tanto aritmética, su fin era el de relevar datos de la realidad, datos experimentales, y en tanto política, poner estos datos a disposición del soberano y sus ministros para la toma de decisiones, para el “buen gobierno” del estado. Sin embargo, esto que parecía en principio una mera contabilidad nacional, que tomaba a la población y al mundo económico como datos de la realidad, se fue transfigurando en las mentes más filosóficas de hombres como Quesnay, Hume, Smith, Malthus o Ricardo, en una disciplina que aspiraba a conceptualizar estos datos de la realidad como objetos de estudio científico, como parte de un “orden natural” articulado y armónico, y no como objetos pasivos de un ordenamiento jurídico-gubernamental.

La población, al igual que el resto del mundo económico, iba a ser “naturalizada”. Pero “¿qué significa esta naturalidad de la población? ¿Por qué desde ese momento ésta será percibida, no a partir de la noción jurídico-política de sujetos, sino como una especie de objeto técnico político de una gestión y un gobierno? […] La población, tal como se la va a problematizar en el pensamiento y en la práctica gubernamental del siglo XVIII, no es la simple suma de los individuos que habitan un territorio. No es tampoco el mero resultado de su voluntad de reproducirse, ni la contratara de una voluntad soberana que puede favorecerla o darle forma. De hecho, la población no es un dato básico; depende de toda una serie de variables. Variará con el clima. Variará con el entorno material. Variará con la intensidad del comercio y la actividad en la circulación de las riquezas. Variará desde luego, según las leyes a las cuales esté sometida, por ejemplo los impuestos o las leyes de matrimonio, y variará sobre todo con la situación de los artículos de subsistencia.”

De esta manera, los objetos de medición de la Aritmética Política pasaron a formar parte de un sistema de pensamiento que los puso en interacción, que buscó deducir su lógica de funcionamiento conjunto, que los situó en un espacio de interdependencia mutua, y los analizó de la misma forma que la Filosofía natural y experimental analizaba al resto de la naturaleza. Esta nueva ciencia de la sociedad moderna sería la Economía Política.

De esta forma, la medición pasó a formar parte de un objetivo mayor, ya no sería solamente una actividad burocrática, puesta al servicio de la recaudación impositiva, de la estimación de hombres para la milicia, o de la legislación del comercio exterior y la política de aduanas. La medición tendría como objetivo servir de elemento de explicación para la Economía política. Cuando Quesnay expuso su teoría del flujo del valor y la determinación del ingreso social a Luis XV por medio del Tableau Economique , intentó representar fielmente la cuantía de la circulación, las cifras y relaciones que vinculaban la producción agrícola con el consumo de la ciudad, y sus interacciones mutuas. La noción de producto e ingreso de cada sector económico era una cantidad estimable; el Tableau era, al mismo tiempo, un producto del análisis de esas cantidades y un instrumento para verificar una teoría, la teoría de que la actividad económica de toda la sociedad estaba apoyada sobre el excedente de la agricultura.

Adam Smith en su famoso pasaje sobre la fábrica de alfileres también utiliza la evidencia empírica para explicar su teoría acerca de la división del trabajo. La especialización en las tareas y la organización fabril de la producción mostraban los aumentos de la productividad del trabajo y servía a su vez como evidencia de que la teoría de que la división del trabajo impulsaba el progreso económico de las naciones, al contribuir a aumentar el comercio y la extensión de los mercados.

Las cantidades producidas, los precios, los salarios, los beneficios del capital, la cantidad de mano de obra y de fábricas, ya no eran sólo datos comparativos entre países, sino variables que se integraban y vinculaban a una teoría del progreso económico, eran evidencia del funcionamiento de un mecanismo que las relacionaba, si el mecanismo funcionaba correctamente esas cantidades se moverían en el buen sentido, en el sentido del progreso, si el mecanismo no funcionaba correctamente entonces las cantidades se estancarían y con ellas el progreso de la sociedad. Entonces era muy importante seguir de cerca la evolución de estas cantidades para saber si la sociedad se encontraba en un estado de progreso, de estancamiento o de decadencia. En este sentido nos dice Smith que “la demanda de mano de obra asalariada aumenta necesariamente con el incremento del ingreso y del capital de las naciones, y no puede aumentar sino en ese caso. El aumento del ingreso y del capital es el incremento de la riqueza nacional. En consecuencia, la demanda de obreros aumenta de una manera que pudiéramos llamar natural con el incremento de la riqueza nacional, y no puede subir si no existe ese aumento. Lo que motiva el alza de los salarios, no es la magnitud real de la riqueza de la nación, sino su continuo incremento. Por lo tanto, donde los salarios están más altos no es en los países más ricos, sino en los más laboriosos o en los que más rápidamente se enriquecen.”

De esta manera, sistemáticamente se fue consolidando una teoría de la determinación de las cantidades de los objetos del mundo económico. Aquello que comenzaron a medir los aritméticos políticos, se transformó en un conocimiento no sólo de cantidades sino también de relaciones e interrelaciones, el vínculo entre la medición y la teorización de la economía y la sociedad ya estaba consolidado, el proyecto de construir una ciencia de la sociedad a imagen de la Filosofía experimental ya tenía sus primeras manifestaciones de éxito en los economistas clásicos. La medición sistemática, guiada por la teoría e inspiradora de la teoría, estaba llamada a desentrañar las “leyes naturales” que regulan el mundo social.

viernes, 20 de agosto de 2010

Smith sobre el valor del dinero y la competitividad

"Una degradación del valor de la plata que sólo tenga lugar en un país, como consecuencia de su peculiar situación o por razones de carácter político, es de trascendentales consecuencias, y lejos de hacer realmente ricos a sus habitantes, los empobrece de una manera efectiva. El aumento del precio nominal de todas las mercaderías (pecualiar, en este caso, al respectivo país) tiende a desanimar todo género de industrias y hace que las naciones extranjeras puedan surtir casi toda clase de bienes por menor cantidad de plata de lo que serían capaces de hacerlo los operarios de nuestra nación, suplantándolos no solo en el mercado extranjero, sino en el interno.

Lo barato del oro y de la plata, o en otros términos, lo caro de todas las mercancías, que es el resultado de tal redundancia de metales preciosos, desanima la agricultura y las manufacturas de España y Portugal, y hace posible que otras naciones las surtan de una gran cantidad de primeras materias, productos del campo y objetos manufacturados, por cantidades de oro y plata mucho menores de las que los mismos españoles necesitarían para criar y cultivar los primeros o para fabricar los segundos dentro del país"

(Adam Smith, Riqueza de las Naciones, Libro IV, Cap. V, "De las primas de exportación")

miércoles, 18 de agosto de 2010

Adam Smith y la cuestion del dinero

Al analizar criticamente las recomendaciones del Mercantilismo, en el libro IV de La Riqueza de las Naciones, Adam Smith se plantea si "¿es necesario y positivo que el gobierno intervenga para evitar el libre movimiento del dinero?" y responde que el dinero sólo tiene sentido como intermediador del comercio de bienes: “Todas las cosas pueden servir para muchos otros usos que el de comprar dinero; en cambio, el dinero no tiene otro uso que el de comprar cosas. Por consiguiente, el dinero va siempre en busca de las mercaderías, pero las mercaderías no siempre van en busca del dinero. El individuo no siempre compra para volver a vender, sino muchas veces para usar y consumir, pero quien vende habitualmente, siempre lo hace para volver a comprar. En definitiva, no se desea el dinero por el dinero mismo, sino por lo que con el se puede comprar.”

Esta idea va a ser criticada por Marx en El Capital, donde afirma que en una economía capitalista, el ciclo del capital no es vender para comprar como dice Smith, sino que es comprar para vender, es decir, invertir capital en la compra de mercancías para luego transformar con su venta a estas mercancías en nuevo capital. En términos de Marx, Smith esta pensando en un ciclo del tipo M-D-M (vendo mercancías por dinero y luego con ese dinero compro mercancías), mientras que Marx lo hace en términos de un ciclo D-M-D (invierto mi capital en comprar mercancías para venderlas por dinero). Lo que moviliza la economía no es el consumo de mercancías, donde el dinero es un mero intermediario, sino la acumulación de capital, donde son las mercancías las meras intermediarias.

martes, 17 de agosto de 2010

Keynes y el Mercantilismo

En el capítulo XXIII de su "Teoría General de la ocupación, el interés y el dinero", John Maynard Keynes rescata los principios del Mercantilismo como política idónea para fomentar la inversión y el empleo. Su argumento es el siguiente: al propiciar la acumulación de metales preciosos protegiendo los saldos favorables de balanza comercial, los mercantilistas estaban en realidad generando incentivos para la inversión y el empleo, dado que una mayor cantidad de dinero en la economía haría bajar las tasas de interés internas.

En una época en que las autoridades no tenían control directo sobre la tasa de interés interior o los otros estímulos a la inversión nacional, las medidas para aumentar la balanza comercial favorable eran el único medio directo de que disponían para reforzar la inversión extranjera; y, al mismo tiempo, el efecto de una balanza de comercio favorable sobre la entrada de los metales preciosos era su único medio indirecto de reducir la tasa de interés doméstica y aumentar así el aliciente para invertir dentro del país.

En realidad, Keynes sostiene que el esquema mercantilista era funcional a los intereses de las naciones que atravesaban escasez de inversión y de actividad económica, aunque llevado al extremo (es decir, en situación de pleno empleo) se pondría en funcionamiento el “mecanismo clásico” de ajuste de precios internos (de la mano de alzas salariales), pérdida de competitividad y ajuste del desequilibrio de la balanza comercial y, por otro lado, si la tasa de interés interna era demasiado baja en relación a la del resto de los países, esto contribuiría a una fuga de capitales en busca de mayores retornos en el exterior.

Mercantilismo, fábricas y comercio

Otra característica muy difundida de la política comercial mercantilista era el diferente tratamiento de la prohibición de exportar mercancías en relación a la fase de fabricación en que se encontraban. Por un lado se obstaculizaba la exportación o se fomentaba la importación de las mercancías usadas como materias primas en la fabricación de otros productos, por otro sólo se fomentaba o no obstaculizaba la exportación de bienes totalmente fabricados al tiempo que se impedía que este tipo de bienes se importara. En palabras de Colbert: “Todo el comercio consiste en rebajar los aranceles de entrada de las mercancías necesarias para las manufacturas que funcionan dentro del Reino, recargando los de las que vienen ya manufacturadas”.

La excepción a esta regla era la política concerniente al comercio de maquinaria. En el comercio internacional de maquinaria existía una fuerte intervención, y la idea era impedir que las máquinas que fabricaban las mercancías nacionales se exportaran a otros países con el consecuente desarrollo de la misma industria en el exterior y el perjuicio que este traería a las exportaciones y la industria nacional.

Las trabas o prohibiciones a la exportación de materias primas y el fomento de la exportación de mercancías manufacturadas influían claramente sobre los beneficios y la distribución de la renta entre los distintos sectores, perjudicando a los productores de materias primas y beneficiando a los artesanos e industriales. El mecanismo a través del cual operaba la redistribución era el cambio de precios relativos: la prohibición de exportar materias primas hacía que toda la oferta se destinara al mercado interno y su precio fuera bajo, mientras que los productores de manufacturas vendían su oferta a precio internacional:

El trato dado en Inglaterra a la exportación de cuero es muy instructivo. Primeramente se prohibió por una ley de 1662. Luego en el preámbulo a una nueva ley de 1667-68 se decía que, a consecuencia de la severa prohibición de exportar cueros, “los precios de éstos, y por consiguiente, también los de las pieles sin curtir, han bajado considerablemente de precio, con grave daño de la ganadería y determinando una baja en las rentas y en el valor de la tierra”, mientras que los zapateros y otros operarios en cuero mantenían, a pesar de ello, sus precios bastante altos. Como se ve, la política de trabas a la exportación y sus repercusiones sobre la producción de los propios medios de producción provocaba un típico dilema. La prohibición de exportar artículos a medio fabricar podía traer como consecuencia el que la mercancía ya no pudiese ser exportada en modo alguno.

Es decir, más allá de los intereses de cada sector y de cuánto gravitaran sus interlocutores en la discusión y el diseño de la política económica de la época, se tenía una clara noción de las repercusiones o consecuencias a mediano y largo plazo que podía ocasionar una política comercial proteccionista en extremo, que con el objetivo de proteger a un sector en particular (en este caso el productor de manufacturas) se corriera el riesgo de destruir a otro (a los productores de materias primas) e incluso a toda la cadena productiva de la mercancía en cuestión, con los graves efectos que esto tendría sobre el empleo.

Cuando el sistema colonial primero, y el comercio internacional luego, articularon lo que con posterioridad se daría en conocer como la “división internacional del trabajo”, los dilemas internos relacionados con la redistribución del ingreso entre productores de materias primas y de manufacturas se trasladaron al ámbito internacional, ya que las metrópolis (principalmente Inglaterra como primera potencia industrial) no dudaron en profundizar la política de protección de sus sectores manufactureros en desmedro de sus productores de materias primas, que eran ahora abundantemente provistas por las colonias (propias y ajenas) de América, África y Asia. Tal fue el “éxito” de este sistema de comercio internacional, que se mantendría por casi doscientos años, aunque con el paso del tiempo y de las ideas fue tiñendo sus orígenes mercantilistas en tintes de librecambio.

La doctrina del "miedo a las mercancías"

Las ideas de tipo mercantilista tendientes al proteccionismo comercial e industrial eran ideas que se encontraban ya en el pensamiento económico y político de la Antigüedad y la Edad Media. La pregunta que se hace e intenta responder es la de “por qué es precisamente bajo el mercantilismo cuando imponen su predominio estas ideas, haciendo pasar a segundo plano la política de abastos, antes imperante”.

La política proteccionista encuentra sus primeros sustentos en dos instituciones muy extendidas en las ciudades medievales: el “derecho de extrarradio” y los gremios de artesanos. El derecho de extrarradio consistía básicamente en una serie de trabas y prohibiciones contra el ejercicio de la industria fuera de las ciudades, en caso de ser actividades que se ejercieran en la ciudad. El objetivo de esta política era proteger a los artesanos de la ciudad contra la competencia de cualquier actividad similar proveniente de fuera de la ciudad. Por otro lado, la vigencia de los gremios como institución de formación, monopolio y regulación de las actividades artesanales, industriales y de las distintas profesiones, que limitaba el ejercicio de la industria a los miembros de la organización artesanal correspondiente, también tenía por finalidad impedir la competencia, en este caso proveniente de cualquier intento de ejercer la industria y la empresa por individuos no pertenecientes al gremio.

Estas dos instituciones proteccionistas tenían como marco de ejercicio y aplicación a las ciudades y su zona de influencia. Y aunque en su espíritu estas regulaciones podían estar inspiradas por la búsqueda de asegurar el correcto ejercicio de una industria o profesión desde el punto de vista de la calidad del producto, implícitamente también operaban contra la competencia y el comercio en general, y en particular de los provenientes de fuera de la ciudad. Las primeras manifestaciones de la política comercial mercantilista se encuentran en las vocaciones de las ciudades de promover la creación de nuevas industrias, sobre la base de la institución gremial, dando origen a un nuevo principio general de política económica:

Al principio se abrió paso en las ramas de producción y respecto a las mercancías que funcionaban y se elaboraban ya dentro de la zona que se trataba de proteger. Contaba para ello con una base, aunque no demasiado fuerte, en el régimen gremial y en la política económica desarrollada por los gremios. Pero ya en una fase muy temprana […] ésta se aplicaba también a las mercancías que no se producían dentro de la misma zona protegida, sino que simplemente se deseaba fabricar allí.

De este modo, cuando esta política de ciudad se generalizo a una política de nación, fue consolidándose la idea de proteger todo lo que una nación produce o pudiera llegar a producir y el sistema proteccionista se desarrolló hasta convertirse en un principio de alcance general.